Vivan las cooperativas
En las últimas décadas, las cooperativas se han desarrollado de manera importante en Panamá; constituyen una fuente importante de creación de ingresos y empleos. Son un poder económico y social. El aporte de las cooperativas a la economía rondaba los 800 millones agrupados en casi 360 cooperativas con 172 mil afiliados en todas las regiones del país. Habría que preguntarse si ese crecimiento se traduce en la presencia activa del movimiento cooperativo en los espacios decisivos en cuanto a la definición de políticas públicas, estrategias socioeconómicas y el accionar de los movimientos populares y sociedad civil. La conclusión es evidente: bajo perfil y poca incidencia y visibilidad.
El movimiento cooperativista tiene muchos desafíos. Las cooperativas expresan el centralismo imperante, pues el grueso de la actividad se localiza en la provincia de Panamá, seguida por Chiriquí y Veraguas, quedando muy atrás las áreas indígenas. No olvidemos el peso de la pobreza en el campo y áreas indígenas, y esto se refuerza al ubicar que son más urbanas que rurales.
A pesar de ser las mujeres la mitad de la población, y son cada vez más en las cooperativas, todavía les queda mucho espacio por avanzar. Al mismo tiempo, parece existir poca atracción hacia la juventud puesto que la mayoría de los cooperativistas son de edad media y madura. Un movimiento que no genera renovación y capta a la juventud corre el riesgo de reducir su elasticidad y dinamismo.
A pesar de que la mayoría de las cooperativas declara excedentes netos, existe un déficit educativo. En 162 cooperativas no funciona el comité de educación (109 urbanas y 53 rurales) aduciéndose falta de motivación de la directiva (125 cooperativas) y recursos económicos. Dinero (53 cooperativas). Entre dificultades que afectan funcionamiento y desarrollo de las cooperativas, los asociados declaran aspectos que podrían enfrentarse con más y mejor educación: Poco interés de asociados, directivos que desconocen sus funciones, pocos recursos humanos, membresía limitada, alta morosidad. El déficit educativo no es sólo cuantitativo, sino cualitativo. Esto contradice uno de los principios de Rochdale.
Hace falta afinar una especie de "cooperatómetro" que evalúe los aspectos sociales, educativos y culturales, integrando la dimensión cualitativa en función del avance o no del cumplimiento de siete principios del cooperativismo (Adhesión voluntaria y abierta. Gestión democrática. Participación económica de los socios. Autonomía e independencia. Educación, formación e información. Cooperación entre cooperativas. Interés por la comunidad).
El cooperativismo no puede olvidar su origen ni supeditar los valores solidarios que lo inspiraron a la actividad económica, que es sólo el medio para lograr encarnas esos valores. Es parte de la economía social, es decir ese conjunto de empresas y organizaciones que está al servicio tanto del interés individual como del interés colectivo. Es un sistema socioeconómico que tiene como fin servir a sus miembros, al entorno, con autonomía frente al empresariado lucrativo, dotado de procesos de decisión democráticos y la primacía de las personas y el trabajo sobre el capital.
La cooperativa es fundamento de la economía social. Su esencia es ser iniciativas que proceden de un grupo de ciudadanos, cuyo poder político en el interior de la organización no se basa en la propiedad del capital, dotado de participación de usuarios, trabajadores que son miembros en los órganos de decisión de la organización, propugnando por una distribución limitada de beneficios, y un objetivo explícito de beneficio a la comunidad.
El cooperativismo es fundamental para lograr coaligar riqueza, distribución y equidad. Pero no es una tarea fácil, pues existe un mercado hoy absoluto, contra el cual es difícil luchar en igualdad de condiciones, y que es sostenido por poderes políticos y económicos, en un medio donde mucha gente cree en su eficacia y capacidad de lograr riqueza. Como la cooperativa utiliza los medios y caminos del mercado para logra su objetivo de establecer relaciones económicas diferentes entre personas, comunidades y cooperativas en función de mejorar la calidad de vida de la comunidad y su convivencia social, se corre el peligro de perder de vista la dimensión social del cooperativismo y que el fin no es la maximización de beneficios; sino maximizar el servicio que puede prestar a sus miembros y a la sociedad. En la tradición de sus fundadores, los socios cooperativos hacen suyos valores éticos de honestidad, transparencia, responsabilidad y vocación social; y de auto ayuda, auto responsabilidad, democracia, igualdad, equidad y solidaridad. El modelo socioeconómico imperante está lejos de ser un modelo social incluyente que tenga a la persona como centro de su accionar. Las cooperativas que inspiraron las propuestas campesinas que encarnó Héctor Gallego y muchos líderes sociales del país, debe afirmar la necesidad de un desarrollo humano con economía social, solidaria, incluyente y equitativa.
El movimiento cooperativista tiene muchos desafíos. Las cooperativas expresan el centralismo imperante, pues el grueso de la actividad se localiza en la provincia de Panamá, seguida por Chiriquí y Veraguas, quedando muy atrás las áreas indígenas. No olvidemos el peso de la pobreza en el campo y áreas indígenas, y esto se refuerza al ubicar que son más urbanas que rurales.
A pesar de ser las mujeres la mitad de la población, y son cada vez más en las cooperativas, todavía les queda mucho espacio por avanzar. Al mismo tiempo, parece existir poca atracción hacia la juventud puesto que la mayoría de los cooperativistas son de edad media y madura. Un movimiento que no genera renovación y capta a la juventud corre el riesgo de reducir su elasticidad y dinamismo.
A pesar de que la mayoría de las cooperativas declara excedentes netos, existe un déficit educativo. En 162 cooperativas no funciona el comité de educación (109 urbanas y 53 rurales) aduciéndose falta de motivación de la directiva (125 cooperativas) y recursos económicos. Dinero (53 cooperativas). Entre dificultades que afectan funcionamiento y desarrollo de las cooperativas, los asociados declaran aspectos que podrían enfrentarse con más y mejor educación: Poco interés de asociados, directivos que desconocen sus funciones, pocos recursos humanos, membresía limitada, alta morosidad. El déficit educativo no es sólo cuantitativo, sino cualitativo. Esto contradice uno de los principios de Rochdale.
Hace falta afinar una especie de "cooperatómetro" que evalúe los aspectos sociales, educativos y culturales, integrando la dimensión cualitativa en función del avance o no del cumplimiento de siete principios del cooperativismo (Adhesión voluntaria y abierta. Gestión democrática. Participación económica de los socios. Autonomía e independencia. Educación, formación e información. Cooperación entre cooperativas. Interés por la comunidad).
El cooperativismo no puede olvidar su origen ni supeditar los valores solidarios que lo inspiraron a la actividad económica, que es sólo el medio para lograr encarnas esos valores. Es parte de la economía social, es decir ese conjunto de empresas y organizaciones que está al servicio tanto del interés individual como del interés colectivo. Es un sistema socioeconómico que tiene como fin servir a sus miembros, al entorno, con autonomía frente al empresariado lucrativo, dotado de procesos de decisión democráticos y la primacía de las personas y el trabajo sobre el capital.
La cooperativa es fundamento de la economía social. Su esencia es ser iniciativas que proceden de un grupo de ciudadanos, cuyo poder político en el interior de la organización no se basa en la propiedad del capital, dotado de participación de usuarios, trabajadores que son miembros en los órganos de decisión de la organización, propugnando por una distribución limitada de beneficios, y un objetivo explícito de beneficio a la comunidad.
El cooperativismo es fundamental para lograr coaligar riqueza, distribución y equidad. Pero no es una tarea fácil, pues existe un mercado hoy absoluto, contra el cual es difícil luchar en igualdad de condiciones, y que es sostenido por poderes políticos y económicos, en un medio donde mucha gente cree en su eficacia y capacidad de lograr riqueza. Como la cooperativa utiliza los medios y caminos del mercado para logra su objetivo de establecer relaciones económicas diferentes entre personas, comunidades y cooperativas en función de mejorar la calidad de vida de la comunidad y su convivencia social, se corre el peligro de perder de vista la dimensión social del cooperativismo y que el fin no es la maximización de beneficios; sino maximizar el servicio que puede prestar a sus miembros y a la sociedad. En la tradición de sus fundadores, los socios cooperativos hacen suyos valores éticos de honestidad, transparencia, responsabilidad y vocación social; y de auto ayuda, auto responsabilidad, democracia, igualdad, equidad y solidaridad. El modelo socioeconómico imperante está lejos de ser un modelo social incluyente que tenga a la persona como centro de su accionar. Las cooperativas que inspiraron las propuestas campesinas que encarnó Héctor Gallego y muchos líderes sociales del país, debe afirmar la necesidad de un desarrollo humano con economía social, solidaria, incluyente y equitativa.