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Volver a la honorable política...


El arte de gobernar de los pueblos y de conducirlos a sus fines como el bien común debe conformar la esencia del pensamiento de todo un político, como cualidad moral y actitud histórica ante la Nación.
El político desde sus comienzos debe reconocer la existencia de un orden moral permanente: ¿Acaso no sabemos cuándo hemos obrado bien o mal?.
El orden moral permanece en el interior espiritual de la persona, está integrado en la armonía con el Plan de Dios, y por esta cualidad no podemos admitir que por arbitrio humano se modifique, o que por un falso criterio terreno de ideas se sustituya por nuevas concepciones, por estar a la moda por sostener evolucionismo, el relativismo o sencillamente por ser político.
Por esto criticamos la actitud de los políticos que están llevando al país, cada vez más como un barquito de papel que se ha dejado llevar por vientos de moda. Hay que dirimir entre lo bueno y lo malo para Panamá, tenemos que volver al principio de autoridad, o sólo nos entregarán un país cada vez más anárquico.
No es que la política la rechace como cambio o evolución;¡no! Reconocemos que los nuevos tiempos traen nuevas dificultades y nuevas soluciones, pero estas deben aplicarse tomando en cuenta el criterio histórico y de circunstancias para escoger lo aplicable; todo tiene un proceso, "no podemos obligar a caminar al bebé, cuando no a empezado a gatear", nuestra democracia es todavía joven.
El Estado se hizo para el perfeccionamiento del ser humano, que el hombre tiene un fin último ultraterreno, sus intereses son superiores a los del Estado, el Estado es pasajero, el hombre permanece.
La función del Estado no debe ser la del estado gendarme, en el que el individuo despliegue toda su capacidad de egoísmo y rapacidad. La naturaleza creó desigualdades, por esto luchamos, por un Estado que ejerza una función moderadora, buscando un equilibrio que le restablezca la confianza a los débiles.
Nuestro Estado debe ser un Estado que restaure la justicia, pero no la haga, sino que la recupere como una virtud de la persona humana, ya que la justicia existe en sí misma, derivada de la naturaleza de las relaciones entre los hombres del derecho natural, del Orden Divino. El Estado puede reglamentar el derecho de propiedad, pero no lo crea, puede limitarlo en bien del interés social, pero no destruirlo, mucho menos puede convertirse en dueño absoluto de los derechos, proclamándose en único propietario legal.
Somos libres no porque el Estado nos los autoriza, sino porque somos personas, el derecho no emana de la sociedad, sino de la naturaleza humana, somos libres por voluntad de Dios.
Es por esto que no podemos obedecer la norma jurídica que implante el Estado, que vulnere nuestros derechos. El ciudadano es revolucionario, "no es que el mártir no quiera someterse al César, es que no puede".
El legislador, plantea una armonía entre la libertad y la justicia, la libertad no me da derecho al aborto porque no es justo para la persona indefensa, que se forma en el vientre de la madre, quitarle la oportunidad de vivir por el egoísmo de ella. La libertad debe ir hasta donde se respeten los derechos de los demás, si excede ese límite, el acto es injusto, y no es de libertad, es de libertinaje. Esta armonización entre libertad y justicia debe ser la tesis básica de la doctrina de un político, "legislador".
El legislador debe dejar esa actitud pasiva y comenzar una lucha con verdaderas ideas, no esas luchas personalistas, -que encabezan "ilustres miembros de nuestros partidos" por unos cargos burocráticos o unos cuantos contratos" para enriquecer su bolsillo o para mantener atados por el hambre y la miseria a unos cuantos (situación que desafortunadamente viven sin excepción, todos los partidos y movimientos políticos en nuestro país). El político desde la juventud, debe adquirir el compromiso de promover ideas con su comunidad que le permitan lograr el bien común, que nos lleve a la justicia como una idea inalcanzable para el individuo. Si enseñamos a la persona a respetar y respetarse, a valorar y a valorarse, a comprender que el fin del Estado es ayudar a que el hombre llegue a su felicidad, a Dios, y para esto todos habremos contribuido como seres políticos, que abandonamos las leyes, ya que estas ordenan nuestras vidas hacia el bien común, entonces estaremos formando un verdadero Estado para todos los panameños, sin discriminación y excluyente, no un Estado para unos cuantos.
Es hora de volver a la honorabilidad, a las ideas, creer en la política, en darle estabilidad al país durante mucho tiempo, es hora de volver a tener confianza en la familia como sociedad formadora y educadora de la persona, es hora de recuperar los valores morales y éticos perdidos por las modas sociales que nos están llevando a una crisis mundial, es hora de mostrar a esos hombres ilustres e inteligentes "personajes" ocultos tras la bandera de un gran partido político dedicados desde allí a fomentar sus valores y no a desvalorarlos, para que las nuevas generaciones con ideas sanas, se puedan formar con doctrina de nuestros ancestros. Volvamos a rescatar a nuestro país del caos y ponerlo en alto su nombre Glorioso "Panamá".

101 años de Panamá América

 
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