Voto a voto
Llegamos al final de la campaña. Es el momento de la decisión definitiva tan importante para nuestra democracia y para el futuro de nuestro país, de nuestras familias y de nosotros mismos.
Lo primero que no debemos olvidar ni por un momento es que cada uno de nosotros "hace" al ganador de las elecciones, en el sentido fuerte de la palabra "hacer", que equivale a "producir". No estamos apostando a ganador en una carrera de caballos o en una lotería. En las competencias hípicas y sobre todo en los juegos de azar tratamos de adivinar qué caballo tiene más oportunidades de triunfar o qué número de salir, para jugar al mismo. Luego nos sentamos a esperar si ganamos o no, porque el resultado no depende de lo que hagamos o no hagamos. Si intentamos algo para aumentar nuestros chances es por pura superstición, porque en la realidad la suerte está completamente fuera de nuestras manos.
Al votar en una elección, por lo contrario, no nos sentamos a esperar pasivamente lo que va a suceder. Cada uno de nosotros, cuando escoge por quien votar, decide el resultado o más bien contribuye a decidirlo y "hace" así al ganador. No podemos apostar a ganador como en la carrera de caballo o en la lotería, a menos que comencemos por renunciar a nuestro poder de decisión y que traicionemos en la práctica nuestra condición de seres racionales y libres y de ciudadanos con el derecho a elegir y ser elegidos.
Ello quiere decir que somos corresponsables por el resultado de la votación, de una manera que no lo somos por el resultado de una carrera hípica o de una lotería. Y porque somos corresponsables, debemos responder por nuestra escogencia ante nuestra propia conciencia, ante las demás personas, sobre todo de nuestra familia y comunidad, y en última instancia ante Dios. Sólo el que vota consciente de que él ayuda a "hacer" al ganador vota responsablemente. Cualquiera otra actitud es dejación irresponsable de un deber humano y ciudadano.
Por eso no podemos decidir nuestro voto por lo que las encuestas, es decir por una opinión colectiva anónima que es un factor externo, como la suerte. Debemos decidirlo en conciencia, desde nuestro interior, según consideremos quién es el mejor para nuestro país, nuestras familias y nosotros mismos.
Lo segundo que debemos tener presente es que estamos viviendo una situación en la que por fin podemos y, por ende, debemos votar a favor, no en contra. Debemos votar por quien queremos, por razones positivas, que nos gobierne. En esta elección no debemos emitir un voto en contra, un voto a favor de un candidato por razones negativas, para evitar que gane otro candidato. Cuando favorecemos así a alguien, no le prestamos atención a sus propias limitaciones y fallas. Preparamos entonces nuestra desilusión ulterior, por no haber escogido a quien queremos que nos gobierne, sino por limitarnos a evitar que nos gobierne quien no queremos que lo haga. Un gobierno escogido por razones negativas, lo más probable es que nos frustre y suscite una reacción de cinismo, que implica el predominio de lo negativo.
Pudimos justificar un voto en contra de 1984 y 1989, cuando vivíamos bajo una dictadura. Votar contra la dictadura era nuestra principal tarea y votamos por quien quiera encabezara la nómina de la oposición. Frente a Noriega cualquiera era preferible y, por ello, votamos por Endara, aunque tuviéramos las más graves dudas sobre su idoneidad y aunque con ello hubiéramos preparado nuestra posterior desilusión. Votando por él, por lo menos ayudamos a crear las condiciones de terminar con la dictadura. Fue en este contexto que la oposición le ofreció a Mireya en 1989 la candidatura que ella rehusó por razones personales que nunca ha explicado.
Una situación parecida, aunque menos dramática, vivimos el año pasado. La posibilidad de que Pérez Balladares ganara el referéndum y se pudiera reelegir, nos hacía correr el enorme peligro de que se estableciera un Gobierno fuertemente autoritario. Ante este peligro, había que mantener a la oposición unida a toda costa, porque no podíamos correr el nefasto riesgo de comprometer a nuestra democracia gracias a la reelección inmediata de un Presidente con un estilo impositivo de Gobierno. En estas circunstancias no se podía descartar la candidatura de Mireya, a pesar de su falta de preparación para el cargo, y lo mejor que se hizo fue impedir que la oposición tomara una decisión antes del 30 de agosto como ella deseaba que lo hiciera. En comparación con la reelección inmediata, ella representa un mal menor. Pero una vez que se derrotó la reelección inmediata y que el peligro del resurgimiento de un régimen autoritario se diluyó, el mal menor se convertía en uno de los males mayores que le podrían ocurrir al país. La falta de preparación de Mireya se tornó entonces en una razón decisiva para rehusar apoyarla. Sobre todo que al mismo tiempo la candidatura de Alberto Vallarino se había configurado y ofrecía una nueva opción positiva que superaba en preparación personal y visión de futuro tanto al continuismo del PRD como el tradicionalismo mireyista.
A golpe de votos en contra, en 1984, en 1989, en 1994 y de nuevo en 1999 no lograremos construir el Panamá que deseamos y necesitamos, libre, próspero, justo y fraterno. Así sólo evitamos el Panamá que no queremos. Pero en algún momento tenemos que comenzar a construir con nuestro voto el Panamá anhelado. Ese momento ha llegado.
Por último, no podemos concebir la elección del 2 de mayo como un acto aislado. En realidad se proyecta en los siguientes cinco años. Por una parte, decide qué personas nos gobernarán de 1999 a 2004, período crucial durante el cual el Canal revertirá a nuestro país y celebraremos el centenario de nuestra independencia. Por otra parte, decide con qué fuerzas políticas contará el país al inicio del próximo siglo. Determina si se consolida un bipartidismo del PRD y el mireyismo, obsesionados con el pasado, negadores de su original conciencia social y nacionalista, dedicados casi exclusivamente a administrar los privilegios del poder en beneficio de sus propias cúpulas, sin proyecto de futuro mejor para nuestro país o, si por lo contrario, se consolida una nueva fuerza política tornada hacia el futuro, comprometida con transformar la sociedad y el Estado panameños, en beneficio de todos, especialmente de los que carecen de empleo y tienen muy bajos ingresos.
Por ello nuestro voto el 2 de mayo tiene que tener sentido de futuro. Preguntémonos: ¿Estamos escogiendo a un presidente que nos gobierne con preparación, responsabilidad e innovación? ¿Estamos escogiendo a legisladores que rescaten el prestigio de este Organo fundamental del Estado, sean críticos en su labor legislativa y exigentes en su labor fiscalizadora, y alcaldes y representantes que contribuyan a la descentralización del Estado para estimular la participación ciudadana? Pero al mismo tiempo debemos preguntarnos: ¿Estamos fortaleciendo una nueva opción política de cara al futuro de nuestro país, reforzando a partidos políticos que tienen una identidad ideológica, ofrecen educación política a sus miembros y plantean programas en los que sus miembros creen de verdad, y renovando la dirigencia política del país?
Al culminar el proceso electoral, tengo la esperanza de que, con todo esto en mente, voto a voto vamos a dar una sorpresa y que esa sorpresa se llama Alberto Vallarino.
Lo primero que no debemos olvidar ni por un momento es que cada uno de nosotros "hace" al ganador de las elecciones, en el sentido fuerte de la palabra "hacer", que equivale a "producir". No estamos apostando a ganador en una carrera de caballos o en una lotería. En las competencias hípicas y sobre todo en los juegos de azar tratamos de adivinar qué caballo tiene más oportunidades de triunfar o qué número de salir, para jugar al mismo. Luego nos sentamos a esperar si ganamos o no, porque el resultado no depende de lo que hagamos o no hagamos. Si intentamos algo para aumentar nuestros chances es por pura superstición, porque en la realidad la suerte está completamente fuera de nuestras manos.
Al votar en una elección, por lo contrario, no nos sentamos a esperar pasivamente lo que va a suceder. Cada uno de nosotros, cuando escoge por quien votar, decide el resultado o más bien contribuye a decidirlo y "hace" así al ganador. No podemos apostar a ganador como en la carrera de caballo o en la lotería, a menos que comencemos por renunciar a nuestro poder de decisión y que traicionemos en la práctica nuestra condición de seres racionales y libres y de ciudadanos con el derecho a elegir y ser elegidos.
Ello quiere decir que somos corresponsables por el resultado de la votación, de una manera que no lo somos por el resultado de una carrera hípica o de una lotería. Y porque somos corresponsables, debemos responder por nuestra escogencia ante nuestra propia conciencia, ante las demás personas, sobre todo de nuestra familia y comunidad, y en última instancia ante Dios. Sólo el que vota consciente de que él ayuda a "hacer" al ganador vota responsablemente. Cualquiera otra actitud es dejación irresponsable de un deber humano y ciudadano.
Por eso no podemos decidir nuestro voto por lo que las encuestas, es decir por una opinión colectiva anónima que es un factor externo, como la suerte. Debemos decidirlo en conciencia, desde nuestro interior, según consideremos quién es el mejor para nuestro país, nuestras familias y nosotros mismos.
Lo segundo que debemos tener presente es que estamos viviendo una situación en la que por fin podemos y, por ende, debemos votar a favor, no en contra. Debemos votar por quien queremos, por razones positivas, que nos gobierne. En esta elección no debemos emitir un voto en contra, un voto a favor de un candidato por razones negativas, para evitar que gane otro candidato. Cuando favorecemos así a alguien, no le prestamos atención a sus propias limitaciones y fallas. Preparamos entonces nuestra desilusión ulterior, por no haber escogido a quien queremos que nos gobierne, sino por limitarnos a evitar que nos gobierne quien no queremos que lo haga. Un gobierno escogido por razones negativas, lo más probable es que nos frustre y suscite una reacción de cinismo, que implica el predominio de lo negativo.
Pudimos justificar un voto en contra de 1984 y 1989, cuando vivíamos bajo una dictadura. Votar contra la dictadura era nuestra principal tarea y votamos por quien quiera encabezara la nómina de la oposición. Frente a Noriega cualquiera era preferible y, por ello, votamos por Endara, aunque tuviéramos las más graves dudas sobre su idoneidad y aunque con ello hubiéramos preparado nuestra posterior desilusión. Votando por él, por lo menos ayudamos a crear las condiciones de terminar con la dictadura. Fue en este contexto que la oposición le ofreció a Mireya en 1989 la candidatura que ella rehusó por razones personales que nunca ha explicado.
Una situación parecida, aunque menos dramática, vivimos el año pasado. La posibilidad de que Pérez Balladares ganara el referéndum y se pudiera reelegir, nos hacía correr el enorme peligro de que se estableciera un Gobierno fuertemente autoritario. Ante este peligro, había que mantener a la oposición unida a toda costa, porque no podíamos correr el nefasto riesgo de comprometer a nuestra democracia gracias a la reelección inmediata de un Presidente con un estilo impositivo de Gobierno. En estas circunstancias no se podía descartar la candidatura de Mireya, a pesar de su falta de preparación para el cargo, y lo mejor que se hizo fue impedir que la oposición tomara una decisión antes del 30 de agosto como ella deseaba que lo hiciera. En comparación con la reelección inmediata, ella representa un mal menor. Pero una vez que se derrotó la reelección inmediata y que el peligro del resurgimiento de un régimen autoritario se diluyó, el mal menor se convertía en uno de los males mayores que le podrían ocurrir al país. La falta de preparación de Mireya se tornó entonces en una razón decisiva para rehusar apoyarla. Sobre todo que al mismo tiempo la candidatura de Alberto Vallarino se había configurado y ofrecía una nueva opción positiva que superaba en preparación personal y visión de futuro tanto al continuismo del PRD como el tradicionalismo mireyista.
A golpe de votos en contra, en 1984, en 1989, en 1994 y de nuevo en 1999 no lograremos construir el Panamá que deseamos y necesitamos, libre, próspero, justo y fraterno. Así sólo evitamos el Panamá que no queremos. Pero en algún momento tenemos que comenzar a construir con nuestro voto el Panamá anhelado. Ese momento ha llegado.
Por último, no podemos concebir la elección del 2 de mayo como un acto aislado. En realidad se proyecta en los siguientes cinco años. Por una parte, decide qué personas nos gobernarán de 1999 a 2004, período crucial durante el cual el Canal revertirá a nuestro país y celebraremos el centenario de nuestra independencia. Por otra parte, decide con qué fuerzas políticas contará el país al inicio del próximo siglo. Determina si se consolida un bipartidismo del PRD y el mireyismo, obsesionados con el pasado, negadores de su original conciencia social y nacionalista, dedicados casi exclusivamente a administrar los privilegios del poder en beneficio de sus propias cúpulas, sin proyecto de futuro mejor para nuestro país o, si por lo contrario, se consolida una nueva fuerza política tornada hacia el futuro, comprometida con transformar la sociedad y el Estado panameños, en beneficio de todos, especialmente de los que carecen de empleo y tienen muy bajos ingresos.
Por ello nuestro voto el 2 de mayo tiene que tener sentido de futuro. Preguntémonos: ¿Estamos escogiendo a un presidente que nos gobierne con preparación, responsabilidad e innovación? ¿Estamos escogiendo a legisladores que rescaten el prestigio de este Organo fundamental del Estado, sean críticos en su labor legislativa y exigentes en su labor fiscalizadora, y alcaldes y representantes que contribuyan a la descentralización del Estado para estimular la participación ciudadana? Pero al mismo tiempo debemos preguntarnos: ¿Estamos fortaleciendo una nueva opción política de cara al futuro de nuestro país, reforzando a partidos políticos que tienen una identidad ideológica, ofrecen educación política a sus miembros y plantean programas en los que sus miembros creen de verdad, y renovando la dirigencia política del país?
Al culminar el proceso electoral, tengo la esperanza de que, con todo esto en mente, voto a voto vamos a dar una sorpresa y que esa sorpresa se llama Alberto Vallarino.