¿Y los oídos, qué?
En varias ocasiones nos hemos referido a la necesidad de ponerle fin a los ruidos excesivos. No obstante, aparte del decomiso de troneras a los autobuses, todos los demás ataques al oído no se combaten.
Con extrañeza y pesar nos enteramos de que la Autoridad Nacional del Ambiente (ANAM) ha impuesto sanciones por deforestación y contaminación de la atmósfera, siempre persiguiendo gases, humos y malos olores. Respecto a la defensa del oído, nada.
Por ejemplo, proliferan en nuestro medio los comercios con escandalosas transmisiones que le revientan el tímpano a los transeúntes que pasan frente a ellos. Pero hay víctimas más indefensas de este ataque, pues quienes en esta práctica se empeñan están conduciendo a sus propios empleados, irremisiblemente, a la sordera, pues tienen que soportar el castigo durante ocho horas diarias.
Es decir, que más importancia tiene cuidar un árbol que proteger el sistema auditivo de todo un pueblo, y aun cuando ello viole decretos alcaldicios, no hay sanción para los delincuentes.
Si una persona hiere a otra, la detienen, procesan y condenan; pero en nuestro país, si hieren los oídos de un número plural de ciudadanos, no hay sanción.
Merece la pena que inspectores de la ANAM visiten, acompañados de un medidor de decibeles, la peatonal de la Avenida Central de la ciudad capital y otros lugares en los que a diario se martiriza al prójimo.