Y sus hijos, ¿qué?
Se habla mucho de corrupción y de corruptos; de personas que, de condición económica modesta y aún de pobreza conocida, tras haber alcanzado un cargo público de importancia, se enriquecieron. No obstante, creemos que la gran mayoría de los ciudadanos es honesta e incapaz de aprovecharse de estar en determinada posición para beneficio propio. La mejor prueba de ello, es el clamor de los miles de ciudadanos que a diario imploran justicia, solicitan sanción y critican la impunidad.
Los que ilícitamente se enriquecieron, aun cuando el delito sea comprobable o no, pero cuyo tren de vida comparado con su pasado los delate, no se dan cuenta de que están expuestos a pasar por uno de los más amargos sufrimientos. Cualquier día, inesperadamente, les llegará algún hijo o hija, con lágrimas en los ojos, a preguntarles a sus padres o a sus madres si es verdad lo que le han dicho sus compañeros o compañeras de aula en la escuela: Que no eran ricos al llegar al cargo y no podrían explicar cómo lo hicieron. Siempre será preferible no vivir en la opulencia, pero poder caminar con la frente en alto.
Desgraciadamente, ha sido tanta la corrupción inocultable, rampante y cínica de algunos de nuestros actuales funcionarios, que será muy difícil que escapen a una rendición de cuentas y permanezcan impunes y sin investigar.