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¡Ya casi!


En pocos días unos celebrarán y otros angustiosamente reconocerán su realidad política. Las elecciones, esperadas por muchos políticos, serán un alivio para el pueblo harto de ver y escuchar propaganda política en los medios y vallas. Campañas que ninguno de los candidatos, ni el Tribunal Electoral, ha revelado sus costos. Esto es delicado, pues si valoramos los votos por el poder de convencimiento mediático estaríamos prácticamente ofertando la presidencia o puestos públicos al mejor postor sin que nadie ponga un coto al asunto.

Una reforma electoral se hace urgente en este sentido; poner tope al financiamiento de campañas, revelar a la opinión pública la lista de donantes con cifras, hacer público el patrimonio de cada candidato y del gabinete que acompaña al ganador@ una vez tomen el mando, son algunos puntos que, de haber hecho públicos, nos hubiéramos ahorrado muchos dolores de cabeza, empezando por el Murcia escándalo.

Si algo quedó claro en esta campaña es que los candidatos favoritos dejaron muy poco espacio para discrepancias. Pareciera prevalecer una hipersensibilidad a la crítica, a guardar distancia ante ciertos comentarios o acciones por temor a perder puntos en las encuestas, y de que las campañas mediáticas parecen ser la mejor forma de convencer al electorado. En ocasiones se dejaba entrever revanchismo y rencor. Quedó ausente el equilibrio emocional y la sensatez en las acusaciones de parte y parte, así como la transparencia, los debates de altura cargados de argumentos sólidos sobre de los temas más apremiantes del país, su solución y viabilidad.

Los candidatos presidenciales tampoco pudieron decir cómo van a realizar sus magníficos proyectos ni de dónde van a sacar la plata. Hubo baches o lagunas en temas clave como: política económica, seguridad, educación, salud, transporte, por mencionar algunos.

Un escenario que debe analizar y reflexionar muy bien el electorado antes de emitir su voto.

101 años de Panamá América

 
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