default

Ya no somos extraños en Indoamérica


Era el siglo XV. Corría el año 1492. Navegantes interesados en nuevos caminos y mercados, emprenden viaje desde el viejo continente ensangrentado por persecuciones, luchas internas en cada país y luchas externas por conquistar, para establecer colonias que los enriquecieran y les permitiera, a cada reino invasor, disfrutar las mieles de la opulencia y el poder.
Venían en naves con suficientes pertrechos de guerra; venían preparados para conquistar y colonizar a sangre y fuego, respaldados por prisioneros sacados de las cárceles, en cuyas mazmorras no caía nada peor.
Valía la pena el riesgo, pues vevían cansados de ver criminalidad y corrupción de toda especie en la clase dominante y, especialmente, en sus monarquías, todavía existentes con algunos vicios superados. La piratería era gran negocio para ingleses, franceses, holandeses y de otro reino. Tanto así, que eran premiados con título de nobleza, su nobleza corrupta.
El continente americano ya había sido visitado con anterioridad. Guerreros y comerciantes llegaron a nuestras amplias, bellas y ricas tierras rodeadas de mares inconmensurables. Territorios vírgenes, no contaminados social ni ambientalmente.
Nuestros pueblos aborígenes, con cultura e idiomas propios, mostraban y tenían grandes adelantos científicos y técnicos que hasta hoy sorprenden a los más entendidos en cualquier ramo y parte del mundo. Sin embargo, los auténticos americanos no nos conocíamos lo suficiente entre sí, ni eramos capaces de medir y saber que eramos mucho más avanzados de los peludos invasores de aquellos días .
Lo único que trajeron, básicamente los invasores, fueron dos idiomas (español y portugués) y parte de dos (inglés y francés), pues en los otros países europeos, en su mayoría, sólo cuentan con dialectos. Nuestros antepasados tenían varios idiomas (quechua y guaraní, entre otros), y varios dialectos. También nos trajeron la religión católica con sus grandes defectos de entonces. El cristianismo dio así sus inicios por nuestros lares. Cierto es que nada tan absurdo como las sugerentes e ignominiosas falsedades que contiene el ominoso Codigo Da Vinci que trata de dañar la verdadera fe cristiana con definidos fines de beneficiar otro dogma. Tainos, caribes, chibchas, arhuacos, guaraníes, incas, aztecas y muchas otras tribus pagaron muy cara la llegada de estos contingentes de bárbaros que destruyeron ciudades y civilizaciones que en sus países ya hubiesen querido tener.
Violaron, asesinaron y saquearon todo cuanto pudieron, llevándose nuestras riquezas, las cuales hasta hoy no nos han devuelto ni pagado. Estamos atrasados en exigirle a esos países que nos saquearon, que abandonen su ridícula filantropía con Indoamérica y restituyan lo que no les pertenece y de lo que se apropiaron, eso es lo justo. Si nuestros gobiernos pusilánimes y entreguistas coimeros no lo hacen pronto, no faltará un engreído leguleyo con una tinterillada de que seamos nosotros los esquilmados, quienes debamos reconocerles algún pago a nuestros saqueadores. Las tribus quedaron casi exterminadas y nacieron los mezclados: los criollos.
Hemos ido creciendo bajo el ojo y control de nuestros colonizadores, habiéndose desarrollado un hermano mayor, que como pasa con algunas especies de animales, mata a su (s) hermano (s) para subsistir él.
En esta agonía del crecimiento por inercia, muchos criollos han participado en detrimento de las mayorías de pobladores con etnias auténticas, pero segregadas. El paso del tiempo ha permitido rebeliones y, a mordiscos, con gran sufrimiento y varios siglos de lucha, la apertura social se ha ido ganando. A estas alturas, a pesar de tanto impedimento al conocimiento, a las tecnologías de avanzada, al crédito bajo condiciones de agiotismo que nos ha sumido en una deuda impagable, a la segregación racial, al sabotaje; sometidos a un injusto y avergonzante intercambio comercial, al subdesarrollo por las vías de imposición de modelos económicos absurdos, a pesar de tanto abuso, los pueblos de Dios continúan su calvario.
Pese a todo ello, los habitantes de los diferentes países del continente americano ya nos estamos reconociendo, ya estamos viendo claridad. Ya no somos extraños. Y aunque "el enemigo no duerme", como dice el refrán, los pueblos están identificándose para luchar juntos, mancomunadamente, como lo vio Bolívar, Martí, Benito Juárez y tantos otro visionarios.
Estamos ya en el siglo XXI. La integración debe hacerse para que la fuerza tenga resultados. Los contactos con Africa y Oriente son urgentemente necesarios para salir de la tria Japón-EE.UU.-UE, que aún hoy continúa con sus prácticas colonialistas.
La paz y el desarrollo no se construyen con la guerra, ni con la injusticia, ni con la mentira.
(jhpertuz@hotmail.com)

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América