Yo existo, tú no existes…
Uno de los peores males de la Humanidad es la intolerancia. Esta actitud representa la falta de aceptación de los puntos de vista de otras personas, es el rechazo a las características diferentes de las propias que resaltan en el prójimo. Es también el preludio a la ignorancia.
Quizás los habitantes de Weimar, una remota ciudad del centro de Alemania, lo pueden decir mejor. Tras finalizar la Primera Guerra Mundial en 1918, este poblado de Turingia tuvo la dicha de hacer la primera Constitución democrática germana.
Pero el odio y el desdén tras la derrota en Europa, sobrecogieron a muchos, perdiendo la oportunidad que les dio la historia para reivindicar el derecho de vivir en paz y armonía con sus vecinos.
Cuando los nazis llegaron al poder, la Turingia fue sede ejemplar del fascismo extremista. En 1937, comenzó el rumor sobre la detención de miles de personas en un campo de concentración cerca de Weimar. La gente sabía de esto, pero se hacía de la vista gorda.
En plena guerra era un secreto a voces que tras el tupido paraje de Buchenwald, estaba el primer gran centro de exterminio del régimen de Adolf Hitler. Por culpa de la intolerancia, unas 56,545 personas fueron asesinadas en este lugar.
Al finalizar la guerra, los norteamericanos tomaron Weimar. Les extrañó escuchar afirmaciones que decían negar la tragedia de Buchenwald, que de allí comenzó el Holocausto, las matanzas de gitanos, rusos, polacos y judíos.
Uno a uno, los pobladores de Weimar fueron obligados a presenciar los horrores de Buchenwald. Todos lloraban cuando observaban a los escuálidos prisioneros que los miraban con ojos saltones. Y qué decir de los restos humanos diseminados en el sitio.
Aún en el presente, el crematorio de Buchenwald presta miedo y escalofrío. Ronda el olor a muerte. Tuve la suerte, en 1999, de visitar Alemania y recorrer Buchenwald, como parte de una gira informativa del Goethe Institut.
Hasta una amiga, que jamás había entrado a ese lugar, no pudo dormir al ver este sitio de dolor, de sufrimiento.
Duele escuchar a importantes líderes mundiales, afirmar que "el Holocausto jamás existió, que fue una farsa".
¿Cómo es posible negar la muerte seis millones de judíos, seis millones de polacos, veintiséis millones de rusos hace 65 años?
¿Es necesario ir hasta Auschwitz, Buchenwald, Bergen-Belsen y Birkenau para tener pruebas sobre el Holocausto, de lo que pasa cuando la intolerancia domina nuestras mentes?
Dios quiera que no cometamos el error de la gente de Weimar, que al igual que Santo Tomás, deban palpar el sufrimiento, como cuando se abrió la "Caja de Pandora" en Buchenwald.
Pese a las escenas que dejó el Holocausto, hoy en nuestro mundo reina la intolerancia a lo diferente, que utiliza la ignorancia de millones de personas para negar lo que la Historia dejó escrito en tinta de sangre, dolor y lágrimas.