Yo me valoro, yo me quiero
No hay nada como dar amor al prójimo, amor a la naturaleza, amor a lo que nos rodea y forma parte de nuestro entorno.
Igualmente es beneficioso recibirlo, ya sea espontáneamente o en reciprocidad; pero lo más importante es quererte a ti mismo y sentir que comprendes el valor de tus valores.
¿Hasta dónde eres capaz de mirar cada tanto dentro de tus pensamientos, de tus sentimientos y observar las bondades y lo positivo que tienes? La autoestima depende de lo que pensemos de nosotros mismos.
Dios dijo: ama a tu prójimo como a ti mismo y lo verás reflejado porque con la vara que mides serás medido. Si tu autoestima es baja, así mismo será lo que puedas ofrecer a los demás. Valorar tus cualidades, tus virtudes y lo que estás en condiciones de hacer por la humanidad, debe ser tarea, diría yo, casi diaria y, cuando te percates de que te has encerrado en tu círculo de amistades, de familiares sin salir del mismo, no podrás dar a los demás lo que esperan de ti. Si practicas valores, si eres persona de principios arraigados, inamovibles, si puedes llegar a comprender a aquellos que no lo hacen por tu persona, pertenecerás al grupo de afortunados que se quieren y tienen de sí la mayor de las virtudes. Llenas espacios en las vidas de tu entorno y en la vida de aquellos que ni conoces pero que pertenecen al mundo en que te desenvuelves.
Sal entonces de tu concha, abre el círculo de tus amistades o conocidos para entrar a otro mundo que descubrirás con satisfacción y que te ayudará más y más a ser tú mismo con nuevas perspectivas de la vida.
Siente, mírate, valórate y encontrarás a Dios, a los ángeles y a mucha gente buena alrededor tuyo; eliminarás los complejos y soslayarás las maldades porque tú eres grande sin sentir que lo eres más que los otros; sencillamente, perteneces al grupo de los mejores porque has aprendido a quererte, a valorarte a sentir lo hermoso de los sentimientos que antes eran encontrados y ahora son definidos.
Ven, únete a nosotros para engrandecernos con tu presencia y sentirás el consuelo que da la majestad de tu espíritu rodeado de bellezas y del amor de los demás porque has aprendido a dar también amor, aquel que te llena y te desprendes de él para compartirlo con otros.