Yo robo, tu robas, él o ella roba...
Un reciente editorial de un respetado diario istmeño (El Panamá América, Oct. 22) ha dado en el clavo. Se ha apoderado de la nación un verdadero culto al dios de la corrupción. La moral, si la hay, está por los suelos. El verbo robar y el verbo desfalcar parecen ser los favoritos de los políticos panameños y de los servidores públicos. Conjugación deliciosa: yo robo, tú robas, él o ella roba... Y si por alguna razón no se puede robar, pues a desfalcar se ha dicho. Al diablo con el país. Panamá no importa. Lo que sí importa son las roscas de empresarios que todo lo quieren acaparar y que ya se apoderaron del Canal. Porque no lo duden: ese Canal no es de los panameños. Nunca lo fue y nunca lo será. Los mártires del 9 de enero ofrendaron sus vidas en vano.
Los escándalos son el pan nuestro de cada día. Si no se cae una financiera, entonces hay un desfalco de bonos falsos. Si no hay dolo en el INAC, entonces se desaparecen unas piezas de gran valor nacional de oro puro en el Museo Antropológico. Si no hay falsificación de archivos en el Registro Público, entonces, atrapan a tres aeromozas con droga en los aviones de COPA. Yo robo, tú robas, él o ella roba... Lucifer debe estar feliz.
Al igual que en otros países donde la malversación de fondos y los sobornos se han entronizado, los que tienen la culpa son los de arriba. El funcionario pobre, el de abajo, al ver la enorme corrupción e impunidad de los poderosos, que controlan todo lo que se dice en el país, no ve nada de malo en hacer lo mismo. Si fulanito, quien se enriqueció a más no poder durante la dictadura, hoy anda en Mercedes Benz y es entrevistado como todo un respetable señor en televisión, ¿Por qué el pobre no puede robar también?
A mí me da risa esas televisoras. A decir verdad, me da risa un montón de medios de comunicación. Todos funcionan para la protección de Alí Baba y sus cuarenta ladrones, lo cual es decir las roscas de avivatos que tienen mansiones en Altos del Golf. Pues en Altos del Golf, donde vivía el dictador Noriega, todavía viven los seguidores del dictador Torrijos, con los bolsillos rebosantes de dinero malhabido. Y si usted trata de escribir algo señalando con nombre y apellido a estos monos gordos, pues no le publican su artículo (dizque "porque ya salió en una lista cibernética", según una editora de un rotativo local).
Sí, los que tienen la culpa son los de arriba. Los dueños de los partidos políticos. Los dueños de las televisoras (esas agencias distribuidoras de material cuasi pornográfico que invade a diario los hogares de los panameños decentes). Los dueños de un poco de radiodifusoras arrodilladas ante los millonarios testaferros de la dictadura. Los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, quienes viven en otro planeta. Los intelectuales tímidos e insípidos, de los cuales Panamá está lleno. Los periodistas mercenarios, quienes denigran su noble profesión vendiéndole sus plumas al mejor postor. Y los poetas trasnochados que todavía creen en Omar Torrijos.
No; no le echen la culpa al de abajo. Si el de abajo roba es porque él está viendo claramente, a pesar de las sandeces que se dicen en esas entrevistas dominicales por televisión, que los de arriba también lo hacen. Y los de arriba no roban manguitos; no. Los de arriba desfalcan bancos donde se pierden cincuenta millones; o hacen negociados donde se pierden cien. (Italo Antinori, el buen defensor, ya se va; y Miguel Antonio Bernal, hastiado, se salió del gobierno.)
La Iglesia Católica, quien debería ser madre y maestra, está medio paralizada. No se atreve a delatar a los grandes poderosos. Peor aún, frente a un claro deterioro de los valores morales de la familia, propiciada por las televisoras, la Iglesia calla. Después de todo, las televisoras están en las manos de los magnates como los González Revilla y a los Eleta, y como esos son de la supuesta "alta sociedad", entonces los obispos se amedrentan. Panorama Católico debería lanzar una campaña de adecentamiento, exigiendo la confiscación de los canales de televisión a los González Revilla y a los Eleta, tíos, estos últimos, del confundido alcalde capitalino.
En el país del Canal existía una organización que se dedicaba a proteger a los partidos deshonestos o a cualquier grupo conectado con la dictadura. Esa cómica sociedad se llamaba Justicia y Paz. ¿Justicia para quién? Pues, para nadie. ¿Paz para quién? Pues, para las familias millonarias que desfalcaron al Estado durante los años torrijistas. Cada vez que alguien inteligente comenzaba a crearle problemas a los grandes monos gordos o a refrescarle la memoria al pueblo, salía "Justicia y Paz" hablando boberías de "que la campaña política no puede ser negativa", como si Panamá fuera Suiza, o el Japón, o Noruega. Confundidos de capirote. Esa "Justicia y Paz" es una de las grandes culpables de la impunidad que existe en el país.
Una vez, rumbo al interior, me paró un policía. Me pidió una "ayudita" de cinco balboas para olvidarse de la infracción. Le pregunté por qué quería un soborno y si su salario no era suficiente. El agente sonrió y me dijo que les pagaban una miseria. Entonces, con semblante triste me contó que tenía un hijo enfermo. Abrí mi billetera, y en vez de cinco balboas, le di diez. Sí, contribuí a corromper a un funcionario público, que me perdone Dios. Yo robo, tú robas, él o ella roba: ¡Panamá!
Los escándalos son el pan nuestro de cada día. Si no se cae una financiera, entonces hay un desfalco de bonos falsos. Si no hay dolo en el INAC, entonces se desaparecen unas piezas de gran valor nacional de oro puro en el Museo Antropológico. Si no hay falsificación de archivos en el Registro Público, entonces, atrapan a tres aeromozas con droga en los aviones de COPA. Yo robo, tú robas, él o ella roba... Lucifer debe estar feliz.
Al igual que en otros países donde la malversación de fondos y los sobornos se han entronizado, los que tienen la culpa son los de arriba. El funcionario pobre, el de abajo, al ver la enorme corrupción e impunidad de los poderosos, que controlan todo lo que se dice en el país, no ve nada de malo en hacer lo mismo. Si fulanito, quien se enriqueció a más no poder durante la dictadura, hoy anda en Mercedes Benz y es entrevistado como todo un respetable señor en televisión, ¿Por qué el pobre no puede robar también?
A mí me da risa esas televisoras. A decir verdad, me da risa un montón de medios de comunicación. Todos funcionan para la protección de Alí Baba y sus cuarenta ladrones, lo cual es decir las roscas de avivatos que tienen mansiones en Altos del Golf. Pues en Altos del Golf, donde vivía el dictador Noriega, todavía viven los seguidores del dictador Torrijos, con los bolsillos rebosantes de dinero malhabido. Y si usted trata de escribir algo señalando con nombre y apellido a estos monos gordos, pues no le publican su artículo (dizque "porque ya salió en una lista cibernética", según una editora de un rotativo local).
Sí, los que tienen la culpa son los de arriba. Los dueños de los partidos políticos. Los dueños de las televisoras (esas agencias distribuidoras de material cuasi pornográfico que invade a diario los hogares de los panameños decentes). Los dueños de un poco de radiodifusoras arrodilladas ante los millonarios testaferros de la dictadura. Los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, quienes viven en otro planeta. Los intelectuales tímidos e insípidos, de los cuales Panamá está lleno. Los periodistas mercenarios, quienes denigran su noble profesión vendiéndole sus plumas al mejor postor. Y los poetas trasnochados que todavía creen en Omar Torrijos.
No; no le echen la culpa al de abajo. Si el de abajo roba es porque él está viendo claramente, a pesar de las sandeces que se dicen en esas entrevistas dominicales por televisión, que los de arriba también lo hacen. Y los de arriba no roban manguitos; no. Los de arriba desfalcan bancos donde se pierden cincuenta millones; o hacen negociados donde se pierden cien. (Italo Antinori, el buen defensor, ya se va; y Miguel Antonio Bernal, hastiado, se salió del gobierno.)
La Iglesia Católica, quien debería ser madre y maestra, está medio paralizada. No se atreve a delatar a los grandes poderosos. Peor aún, frente a un claro deterioro de los valores morales de la familia, propiciada por las televisoras, la Iglesia calla. Después de todo, las televisoras están en las manos de los magnates como los González Revilla y a los Eleta, y como esos son de la supuesta "alta sociedad", entonces los obispos se amedrentan. Panorama Católico debería lanzar una campaña de adecentamiento, exigiendo la confiscación de los canales de televisión a los González Revilla y a los Eleta, tíos, estos últimos, del confundido alcalde capitalino.
En el país del Canal existía una organización que se dedicaba a proteger a los partidos deshonestos o a cualquier grupo conectado con la dictadura. Esa cómica sociedad se llamaba Justicia y Paz. ¿Justicia para quién? Pues, para nadie. ¿Paz para quién? Pues, para las familias millonarias que desfalcaron al Estado durante los años torrijistas. Cada vez que alguien inteligente comenzaba a crearle problemas a los grandes monos gordos o a refrescarle la memoria al pueblo, salía "Justicia y Paz" hablando boberías de "que la campaña política no puede ser negativa", como si Panamá fuera Suiza, o el Japón, o Noruega. Confundidos de capirote. Esa "Justicia y Paz" es una de las grandes culpables de la impunidad que existe en el país.
Una vez, rumbo al interior, me paró un policía. Me pidió una "ayudita" de cinco balboas para olvidarse de la infracción. Le pregunté por qué quería un soborno y si su salario no era suficiente. El agente sonrió y me dijo que les pagaban una miseria. Entonces, con semblante triste me contó que tenía un hijo enfermo. Abrí mi billetera, y en vez de cinco balboas, le di diez. Sí, contribuí a corromper a un funcionario público, que me perdone Dios. Yo robo, tú robas, él o ella roba: ¡Panamá!