Augusto Pinochet y Osama bin Laden tienen en común el ser militares que se entrenaron en una despiadada lucha contra la Unión Soviética bajo apoyo de la CIA.
A ambos se les ha acusado de cometer crímenes contra la humanidad. La diferencia es que quien comandó el golpe chileno de 1973 se mantiene libre en su propio país, mientras que el sindicado de ser el autor intelectual del macro-atentado del 2001 es perseguido por la mayor coalición militar de la historia.
Pinochet y bin Laden son productos de la guerra fría. Los dos fueron cuadros de choque que el Pentágono utilizó contra fuerzas acusadas de querer dar paso a un socialismo o estar asociadas al Kremlin.
El general chileno fue el encargado de demoler una democracia que llevaba décadas sin interrupciones y de proscribir a los partidos de izquierda y a los organismos sindicales que controlaban éstos. Pinochet envió los aviones que bombardearon el palacio de La Moneda, la sede del gobierno donde caería muerto su defensor: el presidente Salvador Allende.
Veintiocho años más tarde bin Laden reinvindicó el envío de aeropiratas suicidas que cayeron del cielo para incendiar la sede del mayor aparato militar de la historia y de la ciudad sede de las Naciones Unidas y de la Bolsa norteamericana.
En el primer caso EU abiertamente colaboró con el golpe. En el segundo caso, fue la víctima del mayor atentado que se haya producido en su territorio continental.
Pinochet fue el hombre que el Pentágono usó para erradicar a la Unidad Popular y para ir afianzando la red de dictaduras militares anti-comunistas que acabarían monopolizando el Cono Sur.
Bin Laden fue la figura saudita más importante que la CIA empleó para organizar a los ‘mujahedines’ en la guerra contra la intervención soviética en Afganistán. Mientras el general chileno se asoció a las juntas boliviana, argentina y uruguaya en la creación del Plan Cóndor para coordinar la caza internacional de izquierdistas, el millonario árabe fue una pieza clave en la estructuración de Al Qaeda (la base), una coordinadora internacional de combatientes anti-comunistas islamistas.
Caudillos militares como Pinochet o bin Laden fueron esenciales en ir socavando al bloque soviético. El primero aplastó al primer gobierno pro-soviético surgido en el hemisferio sur y sentó las bases del modelo neo-liberal que acabaría siendo globalmente patrocinado en contrapeso al de las economías estatizadas planificadas del Este. El segundo ayudó a producir la mayor derrota militar soviética y el inicio de la desmoralización de lo que fue el segundo ejército mundial.
Ambos emplearon las matanzas indiscriminadas y la tortura. Se hicieron célebres por ser despiadados y por no respetar los derechos humanos. Sin embargo, EU no hizo cuestión de estado de ello y, más bien se valió de sus métodos para debilitar a sus contrincantes socialistas.
Tanto Pinochet como bin Laden han sido llamados por distintas cortes. Al primero se le detuvo por casualidad cuando se hacía tratar en Londres. Pese a ser miembros de la misma internacional socialdemócrata que el allendismo, los laboristas británicos no se sentían a gusto manteniendo preso al general que mató a varios de sus camaradas chilenos.
La democracia inglesa, que no fue a ninguna otra parte para detenerlo, no sabía cómo desentenderse de él. El gobierno socialista chileno se sentía incapaz de procesarlo por miedo a desatar la desestabilización de su propia sociedad.
Pinochet quedó finalmente liberado. Cuando se sentenciaba en Perú a Montesinos, en Chile se le exoneraba.
Quien es sindicado de haber asesinado a miles de chilenos se mantiene libre, al igual que Kissinger, acusado como el autor intelectual de la matanza de cientos de miles en Indochina o Timor este. Para Washington ambos no deben ser considerados criminales de guerra y no se debe formar ninguna corte penal internacional que los juzgue.
Bin Laden, en cambio, es asunto distinto. Mientras él se mantenía en el grupo de asociados a EU, la prensa occidental no hacía alarde de sus crímenes contra civiles afganos.
El asunto empezó a cambiar a raíz de la guerra contra Irak en 1991. El, al igual que Saddam, habían recibido armas y asesoramiento de la CIA. Mientras Hussein no desobedeciese, Washington no le daba suficiente importancia a sus atrocidades.
El hecho que Saddam se atraviese a desafiar a las potencias occidentales lo convirtió en un demonio. Bin Laden también se opuso a la invasión irakí sobre Kuwait. Sus razones eran otras. El Baath irakí es un partido de raíz anti-monárquica, secular y republicano y al tomar uno de los emiratos amenazaba con tambalear al sistema de monarquías fundamentalistas islámicas retrógradas de la penísnula arábiga. Osama llamó a las casas reales árabes a unirse contra el invasor, pero cuando vio que éstas prefirieron llamar a Occidente para que las socorriera, cambió de bando.
Bin Laden empezó a denunciar a los Saud de haber dejado que las tropas de los infieles se asienten en la penísnsula de los dos lugares sagrados para la fe musulmana. Tras la desaparición del peligro soviético y la guerra del golfo, Al Qaeda se fue distanciando de su mentor inicial (la CIA). Gradualmente fue cambiando su discurso para querer aparecer como abanderado de la lucha del pueblo palestino o porque el petróleo árabe pasase al pueblo islámico.
La nueva estrategia de bin Laden consiste en tratar de unir a todos los países islámicos (desde Mauritania en la costa occidental africana hasta Indonesia en la costa oriental del Pacífico) en un nuevo estado y para eso es indispensable enfrentarse a occidente. Sus acciones de violencia tienden a apuntalar a los fundamentalistas. Mientras Washington hizo lo posible por no tocar a Pinochet, a bin Laden ahora hay que cazarlo como sea. Los talibán ofrecieron la posibilidad de repatriarlo a condición que se les diera reconocimiento diplomático o que se juzgara a bin Laden en una corte musulmana neutral. Bush no aceptó, ni quiera pedir su apresamiento vía el derecho internacional.
La relación entre Pinochet y bin Laden muestra las paradojas del Nuevo Orden global. Este sostiene que se basa en la difusión de democracias y en la persecución a terroristas y criminales de guerra. Sin embargo, quien se atribuye el papel de policía mundial selecciona a quienes persigue de acuerdo con sus propias inclinaciones políticas. Toda persona que haya empleado el terror para promover una causa patrocinada por la única superpotencia recibirá un trato muy distinto a quien haya usado la violencia para hacerle frente.
*Ha recibido grados y postgrados en la LSE, donde también investiga y enseña. Se especializa en conflictos. Colabora en la BBC, El Comercio, La Opinión, CNI, El Panamá América y otros medios.