Las gastadas cutarras que llevaba en sus pies, las ojeras de sus ojos ya cansados y las tempranas responsabilidades de un adulto, son parte de las huellas que el trabajo infantil ha dejado en la vida de un niño de 13 años.
Al igual que muchos otros niños, el pequeño que vive en la comunidad de San Agustín, en el distrito de Chitré, abandonó la escuela para ganarse el pan de cada día.
"Todos los días me levanto a las cuatro de la mañana, prendo la linterna y me dispongo a ordeñar el ganado en una finca vecina, para ganar algo de plata", dijo muy resuelto este niño que trabaja durante toda la semana, por unos B/. 10.00 u B/. 11.00 que le pagan y que aporta para el sustento familiar.
Comentó que no es mucho el tiempo que le queda para jugar o divertirse como lo hacen otros niños de su edad, porque después de la faena de la madrugada, tiene que esperar que sean las 11: 00 para ir a encerrar el ganado y cumplir con las responsabilidades de su trabajo.
"Aunque me gusta mucho la escuela, tuve que abandonar los estudios por falta de dinero; me dolió mucho, porque yo aspiraba a ser alguien en la vida", manifestó.
Dijo que estuvo en el sistema educativo regular hasta tercer grado, pero con mucha tristeza se salió, porque no le alcanzaba para el pasaje, y la escuela estaba un poco distante de su comunidad.
Alegó que vive con una tía y sus primos, y la situación económica era muy difícil, por lo que decidió salir a trabajar para poder sobrevivir.
Otro de los ejemplos latentes del trabajo infantil, es el de una joven de 15 años, que desde muy temprana edad, tuvo que trabajar en el mar junto a sus hermanos.
La adolescente relató que nunca pudo soñar con una fiesta de quinceaños o las actividades propias de la juventud, por las condiciones de pobreza que le ha tocado enfrentar.
"Yo vivo en un lugar conocido como El Faro, cerca de la playa, y desde allí, tiro el trasmallo o me dedico a sacar conchas, porque de eso vivimos", manifestó.
La joven, visiblemente conmovida, señaló que tuvo que dejar la escuela cuando estaba en cuarto grado, por la falta de comprensión de los educadores ante la distancia y la realidad que vivía.
Y es que éstos no son los relatos de un libro del pasado o las escenas de una película lejana, sino parte de las tristes historias de los niños que se encuentran en el Programa de Educación Primaria Acelerada, que desarrolla Casa Esperanza con otras entidades locales, en la comunidad de San Agustín.
Desde hace algunos meses, unos 17 niños de este sector fueron detectados por este programa que ahora les ofrece la oportunidad de nivelar sus estudios y continuar en el sistema regular.
Aunque muchos de los niños no pueden dejar de trabajar, han acogido positivamente este proyecto lleno de esperanza.
Niños que laboran como pepenadores de basura, buhoneros, en la pesca o en las fincas ganaderas, han recibido sus útiles escolares y son atendidos por una educadora en la propia comunidad, para facilitarles que puedan continuar estudiando.
Los pequeños, en medio de sus ocupaciones, han abierto un espacio para aprender, porque aún sienten ilusión por los estudios.
"Yo me subo en un bote y doy la vuelta por el mar para llegar a la escuelita, después que termino la pesca", comentó una de las participantes que anhela llegar a ser una profesional.
Trabajan duro para culminar sus estudios primarios
Los niños que asisten al programa EPA, llegaron con alto grado de desnutrición.