Y es que la avenida principal del "portal de Chitré", como se le conoce a La Arena, está impregnada del olor de esta peculiar receta, que fue pedida en un sueño por la señora Eudocia Ávila de Santana, quien fue una humilde arenera que en oración le solicitó a Dios una forma de ganarse la vida y sacar adelante a sus hijos.
Tal como lo relató la señora Ángela de Rodríguez, hija de doña Eudocia, su madre les heredó la receta que recibió en un sueño y ellos la guardan como el mejor legado familiar que les dejó, después de dedicarse -durante muchos años- a amasar el pan de La Arena.
Relató que su mamá puso la panadería con el nombre de La Arena en la casa de teja y barro, donde ellos vivían aproximadamente en la década de los 50 y, desde entonces, deleitan el paladar de todos los que llegan buscando las rosquitas del pan más deseado de los panameños y el cual han seguido preparando con la misma receta de siempre. Y es que la tradición que gira alrededor de este pan se mantiene de una generación a otra, porque, si usted llega a La Arena, puede encontrar estas deliciosas rosquitas en el mismo caserón de teja donde se comenzó a vender hace más de cinco décadas atrás, porque son estas infraestructuras antiguas las que se conservan como parte de la cultura del pueblo.
Dijo que ellos han mantenido la esencia de este producto arenero, porque en la mano de Dios está el ingrediente principal, ya que es él quien -con su gracia- pone en el amasado el toque especial del producto, que hace que a grandes y a chicos les encante.
La preparación de este producto comienza todos los días a la media noche y se extiende hasta las siete de la mañana, tratando de que -con el alba del nuevo día- todos puedan saborearlo después del procedimiento sencillo que se inicia con la preparación de la harina.
Doña Eudocia aseguró que ellos le deben mucho al pan de La Arena, porque gracias a su venta salieron de la extrema pobreza en la que vivían.