La familia Beker - Morales está compuesta por 52 miembros que habitan en una vivienda propiedad de la empresa Bocas Fruit Company compuesta por tres habitaciones, un baño, una sala, una cocina, un espacio reducido de portal y en el cual está la lavandería. Esta vivienda fue construida para albergar a una familia de 5 personas como máximo.
Es aquí donde vive la infortunada Patricia, a la cual se le unen tres familiares más con discapacidad, el pequeño de 7 años, Samuel Jiménez, sobrino de Patricia, quien padece de desnutrición severa y problemas en la piel, Ricardo Guerra Beker de 20 años, que tiene la apariencia de un niño de 13 años, sobrino también de Patricia, el cual padece de epilepsia, no habla y tiene retardo mental, también está el joven Alberto Beker Morales de 33 años, hermano de la pequeña, quien padece de problemas en la columna desde los 7 años, lo que le impide caminar con facilidad.
Sus padres son Julián Beker de 73 años y Emilia Morales de 67 años, a quienes por su edad se les dificulta conseguir un trabajo para apoyar a su hija. Esta pareja tiene 13 hijos vivos, los cuales residen en la misma vivienda.
A pesar de que no escucha, Patricia siente la presencia de personas extrañas y muestra inquietud, y se pone a llorar, esta diminuta adolescente tiene un "tic" nervioso que le da por golpearse en la cara, el cuerpo y halarse el cabello, por lo que su madre Emilia tiene que luchar agarrándole sus manitas y en ocasiones ha tenido que amarrarla.
La señora Morales indica que su hija no puede dormir en cama por ese "tic" nervioso, ya que le da por golpearse la cabeza con la pared y es peligroso, y la iniciativa de amarrar y mantenerla en una hamaca le ha costado una denuncia ante las autoridades.
Aunque fue bueno, señala la señora Morales, ya que a raíz de esto le están dando medicamento a su hija para que se mantenga más tranquila y no se golpee tanto.
Su condición inhóspita parte el alma, a la vez que ver cómo se conforma con estar en su vieja hamaca, lo que le da una felicidad y la hace reír a carcajadas, es este el único lugar donde ella se siente bien y segura, ya que por uno de los huecos que tiene la hamaca, mete su diminuto pie y sola se mece y con el vaivén de la hamaca siente una satisfacción única que sólo ella comprende y que por su discapacidad nunca lo expresará.
Patricia sólo recibe la ayuda que le puede dar su padre con lo poco que gana en su humilde trabajo y la ayuda de una hermana, Ilvia Beker, quien tiene 5 hijos de los cuales el mayor de 13 años, tiene que salir a vender lotería para apoyarla, ya que lo que su esposo gana no es suficiente.
Ilvia manifiesta "mi hijo Jacinto sale desde las 6 de la mañana a trabajar vendiendo lotería y periódicos y regresa a las 9 de la noche y lo que se gana lo trae para apoyarnos con la comida".
No tenemos estufa y cocinamos en el fogón con la ayuda de un vecino que nos apoya con la carreta para cargar la leña, nos regalaron una estufa de segunda que sólo le funciona un quemador, pero no tenemos gas ni la instalación y por eso no se usa. Además necesitamos cama, medicamentos para Ricardo y Samuel.
Cuando llega la noche, el cuadro que se visualiza es triste, ya que desde la entrada hasta el rincón más pequeño de esta vivienda es una cama, donde sólo colocan una delgada sábana y se acuestan grandes y pequeños, sin importar la edad. Lo importante en horas de la noche es poder recostar la cabeza y simular un descanso.
La estudiante Aurora Barroso de la carrera Desarrollo Comunitario de la Universidad de Panamá, en la Labor Social logró detectarlos y en su preocupación gestionó algunas diligencias en las que recibió sólo promesas, y en la más importante de las instituciones y que guarda un vínculo con el MIDES, la respuesta fue que no se les puede ayudar, porque se acostumbran, si se ayuda a los niños, los adultos se benefician.
La pequeña Mariela de 7 años, otra integrante de la familia Beker - Morales, con profunda tristeza dice "nosotros no celebramos Navidad como los vecinos, porque no hay plata para hacer tamales, ni comida. Los regalos de Navidad los recibimos a medio año, cuando los vecinos botan los que no sirven.