Se acaba la paciencia


El lento avance de las tropas extranjeras debido a la persistente resistencia iraquí, sumado a la falta de agua potable y a la tardía llegada de personal y ayuda humanitaria hacen que la población del sur del país dude cada día un poco más de la mejor vida prometida por los soldados extranjeros. "¿Usted cree realmente que ellos vinieron para traernos la libertad? ¡Claro que no! Están aquí por nuestro petróleo", aseguraba ayer Mohammad en los suburbios de Basora.
Según este ingeniero que trabaja en una industria petroquímica de la región, los habitantes del sur de Irak conocen "muy bien" a los soldados británicos, que rodean esta localidad, donde se atrincheran varios cientos de milicianos defensores del régimen de Bagdad.
"Ya estuvieron en Basora durante la Primera Guerra Mundial y ¿qué hicieron? Nos mataron y nos robaron. Nuestros ancianos todavía no lo han olvidado", recordaba.
A pocos kilómetros de esta ciudad, en un retén del Ejército estadounidense, varias mujeres iraquíes completamente vestidas de negro como manda la tradición musulmana son registradas minuciosamente por una soldado, que explica que su unidad tiene "miedo a ataques suicidas" en el sur de Irak. Avergonzadas ante esta invasión de su intimidad, las mujeres se quejan de tener que someterse a controles semejantes para volver a su propia casa.
"Pero no teníamos otra opción. Queremos que Sadam muera o se vaya para siempre", asegura a su lado el dueño de la única gasolinera de Umm Qasr, que estuvo preso por oponerse al régimen de Bagdad.
En general y después de más de dos semanas de ofensiva, los habitantes del sur de Irak están de acuerdo en algo: los soldados estadounidenses son más rudos y maleducados mientras que los británicos son personas correctas con las que se puede dialogar.
"Queremos que la guerra acabe lo antes posible y los ejércitos extranjeros vuelvan a sus casas. La gente de Irak no aceptará un gobierno extranjero y acabará enfrentándose a ellos. Este es nuestro país", explicó a la AFP Talib, profesor de Corán en una mezquita de Al Zubair.
No obstante y según él, los habitantes del sur del país, una región desértica y extremamente pobre, tienen que ser "más pacientes" porque la vida con la que sueñan no depende de las tropas. "A ellos les corresponde únicamente luchar. Después vendrán la ONU o la Cruz Roja a ayudarnos", confía.
En un pequeño hospital militar situado a las afueras de Al Zubair, los soldados británicos atienden a varias decenas de iraquíes enfermos. Diarreas provocadas por agua en mal estado, dolores de cabeza, problemas respiratorios e infecciones diversas son los cuadros médicos más frecuentes.
Confiados, una multitud de niños iraquíes aprenden inglés con los soldados que les enseñan a bailar el rock o a cantar rap y les dan caramelos y parte de sus raciones militares.


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101 años de Panamá América

 
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