Sociedad

Los violadores de Clayton, el terror multiplicado por cinco

Son cinco; viven en un barrio pobre, pero atacan en áreas lujosas. Llegan a los sitios de clase media, roban y luego ultrajan a sus víctimas. Las autoridades identificaron a los cinco sujetos, hay dos tras las rejas. También hay un menor de edad, otro tiene antecedentes de abuso sexual.


José Alberto Chacón (jose.chacon@epasa.com) / PANAMA AMERICA

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No son delincuentes comunes, se trata de un tenebroso círculo organizado que roba a mano armada y que después de cometer sus fechorías, amenaza y viola a las féminas: no solo les rasgan la ropa, sino el pudor.

En los últimos meses, tres mujeres panameñas han sufrido sus vejámenes en la capital. Una se salvó de la violación, pero no del abuso libidinoso. Todos ocurridos en Clayton, una zona exclusiva, pero que empieza a probar el agrio sinsabor de la inseguridad.

 

La gula de maldad de estos sujetos no se satisface con robar y ultrajar a las mujeres; también violan sus alacenas, al punto de ponerlas a cocinar, según contó una fuente vinculada a la investigación.

La base de operaciones de los presuntos malhechores está ubicada en un barrio marginal del oeste de la provincia de Panamá: el Sector 2 de Mayo, en Burunga, Arraiján.

Por allí, en estos días, las sirenas de los patrullas y los ladridos de los angustiosos perros se enredan en los oídos de los moradores. No pasa lo mismo en Clayton donde, a pesar de que hay más policías de lo común, el ambiente es sepulcral.

 

Los vecinos, los pocos que están en sus casas durante el día, son tumbas inviolables. Tampoco hablan los albañiles, los lavadores de autos o los jardineros, nadie sabe nada. Los que se atreven a hablar cuentan especulaciones, como Serafina, quien vive en Alcalde Díaz, pero que a diario viaja hasta Clayton para sacudir el polvo en la casa de dos familias. “Según me comentó un policía, un contratista y varios de sus empleados están aparentemente involucrados porque tras las denuncias no volvieron más a sus puestos de trabajo”.

Todas las víctimas estaban en sus casas. Pero, ¿cómo entraron estos hombres?, ¿por dónde ingresaron los agresores?, ¿conocían el área?, ¿por qué viajar desde Burunga, en Arraiján, para realizar tan crueles actos?

Solo ellos, unos cinco supuestos sospechosos, pueden contestar tales preguntas. Dos de ellos, que ya están tras las rejas, pueden revelar aquellas jornadas de terror en esta área, ocupada el siglo pasado por EE.UU.

 

Los hechos ocurrieron a partir de las 12:00 m.n. en adelante, dos en enero y los otros dos en marzo, según la fuente.

Todo estaba planeado, cuando irrumpían en las residencias, “un vehículo los esperaba abajo y les daba seguridad, mientras los otros tres violaban a las víctimas. Uno amenazaba con el arma de fuego, el otro violaba, iban y robaban, y así...”.

El quinto hombre involucrado, narra el investigador, colaboraba poniendo a disposición su supuesta residencia para guardar los artículos que hurtaban. Todo un cómplice.

 

Pero sus actos tenían patas cortas, mas no la policía judicial que empezó a respirarles tras las nucas. Tanto así que, el pasado jueves, uno de los supuestos violadores fue capturado en Burunga. Tiene apenas 18 años, pero sus actos le atribuyen una gran experiencia criminal.

“Hemos atrapado a dos, faltan tres, entre ellos hay un menor de edad. Uno de los mayores que falta atrapar posee antecedente de caso de violación”, revela al otro lado del hilo telefónico, un comisionado que nos recalcó no publicar su nombre.

Para ubicar e identificar al primer sospechoso, las víctimas ayudaron a los investigadores de la DIJ a confeccionar un retrato hablado. Incluso, poco después se realizaron los demás retratos que activó a los sabuesos de la DIJ.

“Tenemos unidades especializadas en delitos sexuales y, en colaboración con la Dirección de Investigación Policial (DIP), se publicó el retrato hablado de ellos... Con la colaboración de la gente, hemos ido a muchos lugares, se recorrió Chepo, San Carlos, Alcalde Díaz”, concluyó el funcionario.

Por la mañana, los residentes de calle Papaya 1 y calle Papaya 2, en Clayton, donde los criminales dejaron sus huellas de dolor, el verde de la abundante vegetación y el de la policía se mezclan. Pocos sonidos se escuchan allí, aparte del canto de aves silvestres. Más grita el silencio y el viento. Casas cerradas, algunos dúplex amurallados, muchos árboles, una quebrada y en la mayoría de las viviendas, poca cerca. Eso es señal de que existe cierta confianza y el barrio es tranquilo. O lo fue hasta hace poco, cuando cuatro de sus mujeres fueron ultrajadas.

Solo por las ventanas se asoman algunos ojos con miedo, igual que las curtidas ropas que hay en varios de los tendederos.


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871603
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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