Marcos (nombre ficticio de nuestra fuente) conoció la bebida a los 12 años. Cuenta que lo que empezó como una travesura de adolescente, fue convirtiéndose en una pesadilla que casi acaba con su vida.
“Me escondía las botellas de ron en los pantalones para los saraos del Instituto Nacional, cuando caducaba la década de los 60”. Las chicas, narra este sujeto, querían bailar con los chicos que olieran a guaro porque “teníamos la idea de que éramos más hombres, más machos”, comenta el hombre que habla despacio y que en su oreja derecha lleva un aparato auditivo.
Marcos se fue de pachanga en pachanga hasta los 35 años, pero la fiesta se fue aguando cuando el alcohol le decía lo que tenía que hacer.
“No aceptaba que estaba enfermo, dejé de ser un bebedor social a uno compulsivo. Iba a una fiesta a Pedregal y amanecía en Río Abajo; un día dormí bajo un puente, allí me di cuenta de que las cosas andaban mal.
“El alcoholismo es una enfermedad psicológica, y se agudiza mientras el sujeto no acepte que necesita ayuda”, relata la psicóloga María Tejada.
Hay varios tipos de bebedores, según los expertos. Luego de que la persona cumple la mayoría de edad y va asistiendo a fiestas o discotecas, va aumentando el consumo. Sin embargo, hay quienes son más débiles y poco a poco se van dejando domar por la bebida.
Dice María Tejada que el alcohólico “es toda persona que pierde la libertad de abstenerse de beber”.
El bebedor social es aquel que acude a una reunión y la pasa bien si se toma uno o dos tragos o que no necesita de tragos para socializar. “El que tiene problemas es aquel que sí necesita del alcohol para conversar o bailar. Allí empieza a hacer efectos esta mala costumbre”. Luego llega la etapa, en la que la persona empieza a transformarse. “El alcohol afecta el sistema nervioso y crea lagunas mentales”, cuenta. “Después de que hemos gozado y socializado nos vamos poniendo agresivos, es aquí donde ocurren los pleitos, la violencia intrafamiliar o la pérdida del trabajo”.
Lo relatado por la experta es justo lo que le sucedió a Marcos, quien hoy, a sus 63 años, tiene la capacidad psicomotora de una persona de 80 y que lentamente presiona las teclas de una computadora en la oficina de Alcohólicos Anónimos donde contó su testimonio.
Otra historia es la de Ana Raquel. Ella perdió a su esposo y sus dos hijos por prestarles más atención a las fiestas y a sus amigos de coctel.
“Lo mío comenzó cuando obtuve empleo en un bufete de abogados. Me iba con mis colegas a celebrar cuando ellos ganaban un buen caso. Pero poco a poco me fui volviendo una bebedora impulsiva hasta el punto que las autoridades judiciales me quitaron la custodia de mis hijos porque mi pasión por el alcohol me convirtió en una mala madre, una mala mujer y pésima esposa”.