La llegada de noviembre vuelve a teñir las calles de Panamá con los colores del tricolor nacional. Es el Mes de la Patria, un periodo marcado por el retumbar de los tambores, el brillo de las polleras y el homenaje colectivo a la historia del istmo, aunque este año con una emotividad particular, ya que no en todos los rincones del país habrá desfiles a raíz del terremoto del pasado 9 de octubre. Sin embargo, más allá de los actos cívicos y las dianas, existe una trinchera literaria que durante décadas sirvió como corazón pulsante del sentimiento nacional y que hoy corre el riesgo de ser olvidada en las aulas de clases.
Durante años, la declamación poética ocupó un lugar de honor en los actos escolares panameños. No obstante, la memoria lectiva suele concentrarse en un puñado de versos emblemáticos, dejando en la sombra una vasta producción lírica que moldeó el pensamiento crítico, la identidad territorial y la soberanía del país. Relegadas por el paso del tiempo, estas composiciones guardan la sustancia más pura de las luchas y reflexiones que definieron a la nación.
Entre las joyas que han perdido frecuencia en las tribunas escolares se encuentra “Al Cerro Ancón”, de Amelia Denis de Icaza. Aunque su verso “Ya no besas mi frente, torreón destrozado” resonó durante generaciones como un lamento por la Zona del Canal, los versos menos difundidos de la obra plasman con dolor la transformación violenta del paisaje nativo bajo la presencia extranjera, un testimonio poético pionero del sentido de pertenencia y soberanía.
De igual forma, la poesía vanguardista del modernismo y posmodernismo panameño dejó estrofas profundas que desafiaron el simple patriotismo festivo. Poetas como Demetrio Korsi, en sus obras menos comerciales más allá de la conocida “Incendios”, retrataron con sátira y realismo brutal la metamorfosis social de la capital a inicios del siglo XX, capturando la mezcla de identidades que nacía con la construcción del Canal de Panamá.
Otro de los grandes ausentes en los recitales contemporáneos es Demetrio Herrera Sevillano. Su célebre poema “Patria de mis amores” suele eclipsar piezas más punzantes como “Tú siempre dices que sí”, donde el autor confrontaba la pasividad ciudadana e incitaba a la juventud a defender con carácter el destino de la patria, una lección de civismo que hoy resulta más vigente que nunca.
La literatura panameña también guarda versos dedicados al esfuerzo del campesino y a la geografía del interior, lejos de la centralidad urbana. Autores de la talla de Gaspar Octavio Hernández legaron estrofas donde el orgullo nacional no se mide por gestas políticas, sino por la dignidad del trabajo en el campo, el canto del río y la serenidad de la selva tropical, elementos fundamentales de la panameñidad que rara vez se declaman en los actos cívicos actuales.
Asimismo, la poesía de protesta social surgida a mediados del siglo XX —crucial para consolidar la gesta del 9 de enero de 1964— ha sido paulatinamente desplazada. Versos como los de Diana Morán o César Young Núñez, que abordaban la lucha estudiantil, la bandera izada con sangre y la dignidad del pueblo trabajador, han quedado al margen de los programas educativos tradicionales, privando a los jóvenes de conectar con la poesía testimonial.
La pérdida de estas lecturas en los colegios no solo debilita la retórica y el arte de la declamación, sino que empobrece la comprensión del proceso histórico panameño. Cada poesía olvidada representa una mirada particular sobre los dolores, las esperanzas y las contradicciones de una nación que se construyó a fuerza de ideas, debates y resistencia cultural.
En este mes de noviembre, rescatar estos versos menos conocidos es un acto de justicia poética e identidad. Releer a las voces que le cantaron a la tierra desde la melancolía, el reclamo o la contemplación permite reencontrarse con un patriotismo más reflexivo, alejado de la mera repetición de consignas y asentado en el conocimiento profundo de nuestra herencia escrita.
Volver a declamar estas estrofas en las aulas y auditorios de Panamá es mantener viva la llama de la memoria histórica. En cada estrofa desempolvada late el recuerdo de quienes pensaron la patria desde la palabra escrita, recordándonos que la soberanía no solo se defiende en los mapas, sino también en el verso y en la voz de las nuevas generaciones.