El idílico valle de Swat, al norte de Islamabad y un antiguo enclave turístico, se halla cubierto ahora de otro verde, el militar del Ejército, que administra allí la vida pública después de conseguir desalojar a los talibanes.
De norte a sur, el valle está plagado de soldados y los pueblos, aunque liberados del yugo insurgente y de su intento de imponer la 'sharía' o ley islámica, exhiben sus heridas de la posguerra y no rebosan la vida de antaño, cuando recibía a miles visitantes.
Ello no impide que fuentes de seguridad paquistaníes describan la ofensiva de 2009, que expulsó del lugar a los talibanes, como "un ejemplo único en la historia de la lucha contra el terrorismo" y un modelo para ofensivas similares y para 'think tanks' ("institutos de investigación").
En aquel año, los insurgentes llegaron a plantarse a 100 kilómetros de Islamabad y el Ejército lanzó una violenta campaña militar que logró desalojarlos de la zona.
No fue una operación fácil: el Ejército perdió 550 efectivos y más de dos millones de personas tuvieron que abandonar el hermoso y verde valle, que se nutría del turismo y que era conocido como la Suiza paquistaní.
Desde entonces, los militares se han hecho con el control de Swat y por el momento no hay muestras de que el Gobierno civil haya desplegado en la región a sus funcionarios.
En un encuentro con la prensa, el general paquistaní Ghulam Qamar no pudo ofrecer un calendario para la salida de las tropas y el traspaso de poder a las autoridades locales, pero garantizó que el valle está seguro.
El Ejército expulsó a los insurgentes de Swat, dirigidos por Fazlulá, un singular cabecilla talibán conocido como 'maulana (o maestro) FM' que arengaba a la población a través de las ondas de radio para tomar las armas y luchar contra el Estado.
Pakistán sospecha que el comandante escapó del valle y se esconde ahora en la provincia afgana de Nuristán, limítrofe con Pakistán, desde la cual grupos insurgentes han lanzado este año ataques que han matado a decenas de soldados paquistaníes.
"No estábamos preparados y nos golpearon", admitió el general, que dirige la división 19, desplegada en Swat, en alusión al control que los insurgentes ejercieron en la zona.
"Si ahora atacan en la frontera, tenemos los guantes puestos", advirtió el militar.
El Ejército ha aprovechado su hegemonía para habilitar en el valle tres centros piloto en los que trata de reintegrar en la vida civil a ex simpatizantes y miembros de la insurgencia talibán.
En una visita guiada a la instalación del poblado de Bulibagh, Efe pudo observar a los barbudos estudiantes instruyéndose en el arte de la carpintería, las computadoras o la confección.
Bajo la atenta mirada de los ubicuos militares, uno de los internos, Mohamed Alí, reconoció a un grupo de reporteros que dio refugio y víveres a los insurgentes, aunque dijo no haber luchado contra el Ejército.
"Ahora mis opiniones han cambiado totalmente. Intentaré que mis hermanas vayan a la escuela", dijo el lugareño, de 26 años.
El Ejército admite abiertamente que intenta sustituir la ideología radical de estos alumnos por el nacionalismo paquistaní, fundado en figuras como el padre de la nación, Mohamed Alí Jinnah, o el poeta y filósofo Mohamed Iqbal.
De las 843 personas que han pasado por estos programas, el 58 por ciento han logrado reintegrarse en la vida civil, según las estimaciones oficiales.
"Se unieron al movimiento (talibán) por su inocencia", explicó durante la visita el responsable del centro de Bulibagh, Irfán Khan.
"No es tanto la motivación o la adhesión al islam como lo que ocurre a su alrededor aquello que les empujó a unirse" a los insurgentes, abundó.
Tras la exposición, el oficial y sus compañeros se dan una vuelta por las estancias del recinto, que se levanta sobre una zona abierta de montaña, y supervisan a los que ayer eran simpatizantes talibanes inmersos en labores de carpintería, mecánica y costura.
Por Agus Morales