La fresa es un fruto singular de la familia de las rosáceas, parece ser que la fresa fue descubierta en los Alpes por los romanos, que luego las comieron como alimento privilegiado.
Primitivamente salvajes, hacia finales de la Edad Media comenzaron a cultivarse y, posteriormente, en Francia, se convirtieron en el postre predilecto de la nobleza. Incluso el rey Luis XIV convocó un concurso literario, cuyo tema fueron las fresas.
La verdad es que esta fruta es todo un lujo para el paladar y para la vista. Además son saludables, pues están saturadas de vitaminas A y C. Contienen un 85% de agua y varias sales minerales. Su aporte calórico es mínimo, pues proporcionan unas 40 calorías por cada 100 gramos. A todo esto hay que añadir sus muchas aplicaciones culinarias.
Destaca su aporte de fibra, que mejora el tránsito intestinal. En lo que se refiere a otros nutrientes y compuestos orgánicos, las fresas y los fresones son muy buena fuente de vitamina C y ácido cítrico (de acción desinfectante y alcalinizadora de la orina, potencia la acción de la vitamina C), ácido salicílico (de acción antiinflamatoria y anticoagulante), ácido málico y oxálico, potasio y en menor proporción contienen vitamina E, que interviene en la estabilidad de las células sanguíneas y en la fertilidad.
La vitamina C interviene en la formación de colágeno, huesos y dientes, glóbulos rojos y favorece la absorción del hierro de los alimentos y la resistencia a las infecciones. El ácido fólico interviene en la producción de glóbulos rojos y blancos, en la síntesis material genético y la formación anticuerpos del sistema inmunológico. El potasio es necesario para la transmisión y generación del impulso nervioso, para la actividad muscular normal e interviene en el equilibrio de agua dentro y fuera de la célula.