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Halloween y el Día de Muertos, dos miradas hacia el más allá

La diferencia entre ambas tradiciones parte de cómo cada sociedad mira el final de la vida.


La gran diferencia entre ambas tradiciones parte de cómo cada sociedad asimila el final de la vida. Marcada por la herencia racionalista y el pudor puritano, la cultura anglosajona contemporánea suele apartar el duelo del día a día, relegándolo a salas de hospital y camposantos a las afueras.

En cambio, la mirada mexicana rompe el tabú e integra la calaca en el humor y la rutina cotidiana.

Con el final de octubre, las calles de grandes ciudades como Londres, Nueva York o Madrid cambian por completo de aspecto. En sus escaparates ganan protagonismo las telarañas artificiales, calabazas talladas con muecas tétricas, máscaras de látex con sangre ficticia y esqueletos de plástico que brillan en la penumbra.

A miles de kilómetros al sur, la escena es muy distinta. En Ciudad de México, Oaxaca o Michoacán, las casas y los cementerios se visten con el intenso tono naranja del cempasúchil, el perfume del copal, el colorido del papel picado y la tenue luz de las velas dispuestas para orientar a las almas en su retorno.

Ambas citas coinciden en el calendario y abordan el mismo misterio inevitable: el final de la vida terrenal. Sin embargo, reflejan dos visiones culturales, humanas y económicas radicalmente opuestas.

 

Mientras Halloween transforma el miedo en un juego que alimenta una industria de cifras millonarias y moderniza las tradiciones paganas, el Día de Muertos mexicano invita a un viaje donde el recuerdo se abraza sin temor, entre el aroma del copal, el color de las flores y la calidez del hogar.

Raíces milenarias

Comprender la distancia entre ambas fechas exige viajar en el tiempo. El Halloween contemporáneo desciende de Samhain, una festividad celta nacida hace más de dos mil años en tierras de Irlanda, Escocia y la Isla de Man.

Aquel 31 de octubre ponía fin a las cosechas, cerraba el ciclo agrícola y abría la puerta a los meses oscuros del invierno. Para los celtas, esa noche el límite entre el mundo visible y el invisible se desdibujaba peligrosamente, permitiendo el paso de espíritus, hadas y otras entidades del más allá.

 

Para aplacar o burlar a estas presencias, los druidas encendían grandes hogueras sagradas y la población recurría al "guising", una práctica ritual en la que se cubrían con pieles o se pintaban el rostro con carbón para no ser descubiertos por las ánimas errantes.

Con el avance del cristianismo en las islas británicas, la Iglesia buscó absorber esta tradición y fijó en el siglo VIII la solemnidad de Todos los Santos el 1 de noviembre (cuya víspera, "All Hallows' Eve", dio nombre a Halloween), seguida por el Día de los Fieles Difuntos el 2 de noviembre.

Al otro lado del océano, el Día de Muertos nació con un pulso espiritual muy distinto: el del México prehispánico. Comunidades como la mexica, mixteca, zapoteca o purépecha no interpretaban la muerte como un castigo o un premio moral ligado al pecado, sino como un paso definido por la manera en que la persona perdía la vida.

 

Según estas creencias, quienes morían por causas naturales debían recorrer una travesía de cuatro años a través de los nueve niveles del Mictlán, el inframundo tutelado por los dioses Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl.

Así, en fechas como el mes indígena de Tlaxochimaco o la fiesta de Miccailhuitontli, los vivos preparaban ofrendas y banquetes para guiar y ayudar a los difuntos en su camino. Pero, con la conquista española en el siglo XVI, el calendario católico se impuso sobre aquellas fechas agrícolas.

Sin embargo, lejos de desaparecer, la visión indígena se adaptó y dio forma al Día de Muertos moderno: un mestizaje donde el pan de trigo tomó el relevo del pan ritual de amaranto con sangre, y el crucifijo terminó compartiendo espacio con el sahumerio tradicional.

 


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<BR>La gran diferencia entre ambas tradiciones parte de cómo cada sociedad asimila el final de la vida. Marcada por la herencia racionalista y el pudor puritano, la cultura anglosajona contemporánea suele apartar el duelo del día a día, relegándolo a salas de hospital y camposantos a las afueras.</BR><BR>En cambio, la mirada mexicana rompe el tabú e integra la calaca en el humor y la rutina cotidiana. </BR>

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