[~socialest-1.jpg~ Allan Kuethe y Lourdes Kuethe.]
[~socialest-2.jpg~ Rosario Arias de Galindo, Leonor de Motta.]
[~socialest-3.jpg~ Raúl Arango Chiari, Estelita Villa-Real, Vivian Fernández de Torrijos, primera Dama de la República.]
[~socialest-4.jpg~ Doris Vargas de Rosas, Carlos Lucas López y Zanya de López.]
[~socialest-5.jpg~ Noris Correa de Sanjur, María Cristina Mamais Gago, Pini de Cerrud, María Teresa de Calzada y Hilda de Fernández. De pie: Nicolás Mamais Gago, Maricarmen Gago de Mamais, María Eugenia Fernández y Lilia de Sobrino.]
[~socialest-6.jpg~ Fernando Calderón y Ricardo Santos.]
[~socialest-7.jpg~ Marly Boyd, Diana Pascual.]
Pereira Burgos hace énfasis en las confrontaciones de Porras y sus más cercanos amigos. ¿Por qué se peleó con Carlos A. Mendoza?, se pregunta, ¿Por qué con Morales o por qué con Chiari?, y se responde que cada una de esas peleas se produjo cada vez que Porras percibía en sus viejos amigos sus pactos con la oligarquía, o sus intensiones de permitirle avanzar.
Tomó parte en la victoriosa batalla liberal de Corozal, y se opuso enérgicamente a la estrategia del General Benjamín Herrera para la toma de la Ciudad, que pasaba por concentrar las fuerzas revolucionarias en Perry Hill’s, y lanzarlas contra la Ciudad. En lugar de dicha estrategia Porras y la mayoría de los generales liberarles eran partidarios de dar alcance y someter a las derrotadas fuerzas conservadoras para impedir la recomposición del enemigo, pero Herrera lanzó a las tropas a una aventura desastrosa que se conoció luego como la histórica Batalla del Puente de Calidonia. Allí los liberarles perdieron al grueso de su ejército. Entre las consecuencias de la derrota Porras perdió todo, incluida su fortuna personal y partió al exilio.
Pero desde Costa Rica, donde Porras y los revolucionarios se alojan en la finca de la familia Odio, mantiene una activa correspondencia con varios generales liberales y figuras políticas del Istmo: Carlos A. Mendoza, Manuel Noriega, Manuel Quintero y Victoriano Lorenzo.
Entre las muestras de lealtad que recibe, se destaca una misiva del 12 de agosto de 1901 firmada por Lorenzo y en la que le hace saber que él acata el decreto del mes de julio en el que se nombra a Porras Jefe Civil y Militar del Istmo. En otra carta privada, Lorenzo le dice al Caudillo liberal que cuenta con "450 hombres bien armados, 350 armados con chopos y escopetas y unos 4000 más que esperan elementos". Porras prepara la invasión del Istmo que se produciría por Chiriquí.
Era parte del esfuerzo liberal después de la derrota del puente de Calidonia, pero transcurrió en medio de confabulaciones que algunas veces unió a militares panameños con colombianos, y en otras ocasiones los puso frente a frente. Porras es tomado preso en David, enviado nuevamente al exilio y allí se entera, en noviembre de 1902 que la batalla había concluido a bordo del barco norteamericano Wisconsin, con un pacto del mismo nombre.
Seis meses después Benjamín Herrera entrega, una 28 de noviembre al General Lorenzo, a los Generales Víctor M. Salazar y Vásquez, al amparo del Pacto del Wisconsin, que finalmente no protegió a Lorenzo quien es fusilado el 15 de mayo de 1903.
Tras la separación de Panamá de Colombia Porras retorna al país, retoma su actividad política, y pronto el liberalismo lo reconoce como dirigente: asume el solio presidencial en tres ocasiones, una de ellas por dos años y es el líder en torno al cual giran las demás facciones. Entre tanto se va revelando como un estadista, y pone en marcha una serie de decisiones que van dando forma y contenido al nuevo país.
En noviembre de 1956, cuando se produjo el centenario del nacimiento de Porras, la pluma del Doctor Harmodio Arias dijo d él, en el editorial de la fecha, lo siguiente:
Con toda la solemnidad y el fervor cívico que el hecho merece, nuestro país conmemora el centenario del nacimiento de una de las personalidades públicas más salientes del Istmo: el Doctor Belisario Porras. Presidente de la República durante 10 años, combatiente esforzados de amplias concepciones del liberalismo, defensor de sus ideas en los campos de la guerra civil y de los del derecho, intérprete vigoroso y entusiasta de los sentimientos democráticos de nuestro pueblo, el doctor Belisario Porras es, en efecto, una de las personalidades más interesantes en la vida de nuestro país.
Hace ya cerca de cinco lustros que el doctor Porras dejó de existir físicamente. Sin embargo, en muchos sentidos, su pensamiento liberal, sus concepciones administrativas, su actividad, sus doctrinas políticas, continúan en discusión y así continuarán durante mucho tiempo más. Hombre de dinámicos entusiasmos, su labor se adelantó en muchos aspectos a la edad de la República, y por eso todavía están en desenvolvimiento algunas instituciones que él inició cuando tuvo a su cargo la dirección de los destinos de la nación.
Los Archivos Nacionales, el Registro Público, las Carreteras, las casas de salud, urbanizaciones, problemas económicos internos y externos; prácticamente muchos aspectos de la vida de la República que él recibió en sus balbuceos formativos, merecieron su atención cuidadosa, dieron lugar a sus concepciones de administrador, orientador y organizador y recibieron el impulso de sus empeños, certeramente enderezados al progreso material de la Patria.
Pocos hombres públicos han recibido del pueblo panameño las caudalosas manifestaciones de simpatía, el cariño y el entusiasmo popular, la devoción entrañable con que se vio rodeado el doctor Porras. Y pocos, también, supieron corresponder a esa bien ganada popularidad, con tan nobles orientaciones políticas y tan efectivas realizaciones gubernamentales. Por eso, lo que antaño fue fervoroso entusiasmo, hoy es recuerdo cariñoso, simpatía enraizada en la memoria y en el sentimiento, devoción evocadora llena de amables remembranzas.
El pueblo panameño venera la memoria del Doctor Belisario Porras, como hombre público de perdurables realizaciones, como caudillo de patrióticas inquietudes. Y por eso, en el centenario de su nacimiento su recuerdo se reafirma y vigoriza en el sentimiento de la comunidad, como un ejemplo para las generaciones presentes y venideras, y como un estímulo y una esperanza para quienes, como él, supieron interpretar las realidades nacionales y aceptar el poder como un deber de servicio constructivo para la comunidad del presente y el futuro.