Las plazas de Lisboa son un punto de encuentro y de distintas culturas. Son locales de encanto y tradición, en las que se intercambian nuevas experiencias. Una ciudad que no se renueva se queda vieja y pesada.
Lisboa se renueva, se limpia, aprende y crece. Sus plazas renacen en un sentido más amplio, nacen otra vez, como si el nuevo rostro las liberase de un pesado fardo.
Entre estos sitios turísticos se encuentra el glamour cosmopolita de la Plaza de Rossio, donde el pasado 16 de noviembre se realizó el tradicional encendido de luces navideñas.
Rossio es el nombre popular, pero el bautismo oficial le dió por nombre Plaza D. Pedro IV, espacio vivido de ferias y mercados, corridas de toros y paradas, actos públicos de la Inquisición.
Son tantas las historias que el Rossio ya vivió, que ocuparíamos páginas enteras. Por eso, cuando paseamos por allí, se siente el peso de la historia.
Históricamente, la Plaza D. Pedro IV, tal y como ahora la conocemos, nace con el terremoto de 1755, cuando la irregular y rectangular plaza desaparece. Fue reconstruida con forma simétrica, con edificios de tres pisos y buhardillas.
En el centro, hierática, se alza la estatua de Don Pedro IV, rey portugués. Cierra el rectángulo el teatro Nacional Doña María II. Desde allí se pueden tomar tres calles para subir hacia las bellas vistas del Castillo de San Jorge. Son Rua do Prata (de la plata), Rua de Augusta y Rua do Ouro del Oro las que albergan comercios de joyería antigua y otros más modernos.