Dicen los expertos que el enoturimo potencia e impulsa el turismo gastronómico, cultural y de salud. Es una experiencia en la que los viajeros conocen cada zona vinícola a través de la degustación de sus vinos y la visita a bodegas y viñedos.
Estos son algunos templos del vino imprescindibles para combinar el turismo enológico con experiencias ricas y sugerentes.

Jerez es al vino lo que Andalucía a las sevillanas. Situada en pleno valle del Guadalquivir, las primeras vides fueron traídas por los fenicios a la comarca de Jerez en torno al 1,100 antes de Cristo.
Jerez está en una zona fértil para la agricultura, rica en historia y generosa en vinos y bodegas.
Además de visitar bodegas, una actividad cada vez más demandada por los viajeros, es conocer el entorno.
Una escapada a Badajoz incluye un safari por tierra de barros hasta Mérida para disfrutar del paisaje y conocer el proceso de explotación de los viñedos, desde la recogida a la elaboración del vino y por supuesto la cata. Todo desde 65 euros (84 dólares).
Quienes prefieren iniciarse en la cata de vinos encontrarán atractivo irse a la Ribera del Duero, cuna de las más destacadas y reconocidas de España. Incluye visita a bodega y recorrido turístico por 101 euros (130 dólares).
Ribera del Duero cuenta con más de 200 bodegas asociadas y año tras año sus cosechas son calificadas como “muy buena” y “excelente”.
En Logroño, la tierra del vino por definición, es posible disfrutar también de otros muchos tratamientos con origen en la vid y la naturaleza: masajes de vinoterapia, chocolaterapia, masajes con uvas, envoltorio en uvas, y más todo incluido en el precio: 161 euros (208 dólares) por dos noches.
Otra opción muy económica, sin perder el atractivo, es visitar el Pirineo Aragonés, cuya elaboración rica y ancestral ha pasado de generación en generación.