El Costa Concordia, aquel crucero que naufragó el pasado 13 de enero en las proximidades de la isla de Giglio en Italia, cobrándose la vida de 32 personas, es toda una atracción turística.
Ocho meses después de la tragedia que conmocionó a media Europa, sus restos se han convertido en todo un reclamo turístico para los numerosos visitantes que llegan hasta el muelle de Santo Stefano.
Los botes anclados en el puerto cobran diez euros (unos doce dólares) por un recorrido de ida y vuelta hacia la isla, frente a cuyas costas permanecen los vestigios de la embarcación.
Más allá del sufrimiento y el dolor por los malos recuerdos que transmiten los restos del crucero, el alcalde de esta localidad reconoce que el turismo en la isla ha aumentado notablemente después de la catástrofe, apuntando que el sitio es casi un museo.