Cuán seguros nos sentimos de nosotros mismos hasta que surgen circunstancias que hacen tambalear nuestra perspectiva propia y nos ubican en un ámbito de tenor encubierto donde inconscientemente dejamos aflorar nuestros miedos y complejos.
Estos siempre llevan a conflictos y dificultades en las relaciones interpersonales, pues todo se tiene a percibir como amenaza a la ya desequilibrada estabilidad emocional.
Todos esto lleva a una convivencia difícil en sociedad, porque esos mismos complejos inducen a romper normas y reglas establecidas, pues en el reto a la autoridad se cree obtener, poder, que aunque mal entendido, fugazmente y en forma engañosa, hace sentir bien al que lo experimenta, sin que llegue a medir las consecuencias de sus actos para consigo y los otros.
Los complejos de inferioridad tienen arraigados sentimientos de inseguridad y baja autoestima lo que lleva a la persona a mantenerse a la defensiva ante lo que ve y oye, adoptando actitudes y conductas muy agresivas ante el entorno, lo que viene a ser una defensa que lo cubre con la careta de "ogro" y del "manda más", pero que a la vez implica mucho desgaste de energía con el concomitante sentimiento de inconformidad, frustración y desasociego que lo induce al rechazo por otros.
Todos los complejos conllevan al sujeto a experimentar sentimientos de inconformidad, desesperanza, frustración, a exhibir conductas incongruentes y difíciles de entender y predecir por quienes conviene con él, por lo que se hace necesario en pro de la paz y felicidad, el descubrir cuáles son los complejos que tienden a enmarcar o dar giros a nuestras conductas, para así conocernos mejor y poder desprendernos de ellos, romper cadenas y ser libre, para el bien de la armonía familiar y la convivencia laboral y social.
"Despojémonos de complejos y vivamos plenamente"