Muchas veces la falta de comunicación, el aislamiento social o la incapacidad de conseguir relaciones significativas no obedecen a problemas psicológicos o emocionales que requieren un largo trabajo terapéutico, sino a nuestra falta de habilidad para conducir el vehículo de nuestros mensajes: las palabras y el cuerpo.
Este tipo de casos son problemas que se tratan más a menudo en los gabinetes psicológicos y además son cada vez más numerosos entre la población, según los últimos estudios.
Para la psicóloga Irene Alonso, del Centro "a ser feliz también se aprende", "los déficits de habilidades sociales pueden ser tanto la causa o como el efecto de otros trastornos como la depresión, la cual puede deberse a una fobia social o, a la inversa, hacer que se empobrezcan las relaciones personales del afectado".
La experta añade que "la mayoría de la gente no llega al terapeuta por inconvenientes de comunicación sino por otras cuestiones como conflictos con su pareja o en el trabajo, pero terminan siendo tratadas con técnicas de comunicación y relaciones, dos aspectos que suelen estar muy ligados a sus desórdenes psicológicos o emocionales".
Según Alonso "las deficiencias en la capacidad de comunicarse o relacionarse, con frecuencia se deben a un aprendizaje deficiente de estas habilidades durante la infancia y se reflejan en escollos como no saber cómo entablar una conversación con un desconocido, cómo hablarle al jefe para solicitarle algo o cómo pedir algún cambio en la conducta de nuestra pareja. Pero estos problemas tienen solución: mejorar las habilidades sociales y de comunicación de la persona, trabajando en la forma y en contenidos de su expresión, mediante las psicoterapias cognitiva y conductual, centradas respectivamente en modificar lo que piensa sobre sí misma y la situación, y en cambiar las conductas o acciones que le generan malestar".
Estas terapias incluyen desde un entrenamiento para expresarse en forma más eficaz y correcta y el análisis de las ideas para cambiar la percepción negativa sobre uno mismo, hasta una exposición progresiva a las situaciones que se bloquean o evitan, para aprender gradualmente a controlar y después eliminar el temor.
Según la experta, "entre las personas que más pueden beneficiarse de las técnicas de habilidad social figuran aquellas que quieren que su comunicación sea más eficaz: es decir que quieren expresar o comunicar lo que quieren, lo cual no logran porque su mensaje no llega o llega mal a su interlocutor, debido a la sumisión o la agresividad excesivas con que lo emiten".
PROBLEMAS DE EXPRESION
"Algunas personas tienen dificultades para hablar, expresarse u opinar, porque debido a razones de educación o tradición, piensan que no tiene derecho a hacerlo, porque creen que pedir o negar algo está mal o asumen que su punto de vista es siempre menos importante que el de los demás", señala Alonso. "Otras, en cambio son muy ofensivas al expresarse, dando gritos, elevando la voz o golpeando sobre la mesa, lo cual hace que su mensaje rechazado o mal interpretado por los demás", agrega.
"¿Cuándo acudir al especialista? Sentirse incómodo o mal en situaciones sociales, recibir quejas o críticas frecuentes de los familiares o amigos sobre la forma en que nos comunicamos, tener dificultades para entablar vínculos y evitar hacer cosas por miedo a relacionarnos aunque nos gustaría hacerlo, son indicios de que se debe mejorar la destreza social", según Alonso.
Pero para conectar con los demás, no basta con expresarse bien con las palabras y los gestos; también es decisivo el intercambio emocional. Según la psicóloga Paz Torrabadella, especializada en comunicación interpersonal, "con el afecto sucede lo que con el dinero: a los ricos en demostraciones de aprecio, verbal o gestual, les es fácil obtener más caricias, los pobres apenas logran nada".
Según la experta, al socializar a los niños se imponen, de forma más o menos tácita, tabúes que censuran el libre intercambio de amor del tipo "si eres amable con alguien de tu sexo pensarán que eres un invertido, si lo eres con alguien de otro sexo pensarán que quieres enrollarte", entre muchas otras prohibiciones sociales.
Esto explica que las personas economicen las muestras de afecto, conectando entre sí menos de lo que desearían y viviendo en una escasez de aprecio. Esta economía de caricias, que considera el afecto un bien escaso, se basa en la falsa idea que el amor se gasta al darlo, cuando sucede lo contrario: uno puede enriquecer su vida afectiva con sólo intentarlo, según la experta.
"La persona que conecta con los demás da y recibe muestras sinceras de afecto. Amar a otro es a veces imposible, pero siempre es posible ser honesto en el intercambio de afecto: conectar de modo auténtico", señala Paz Torrabadella.
Para conectar con la gente, Paz Torrabadella recomienda ponerse en el lugar del otro. Preguntarse "¿cómo me sentiría yo en su piel?" nos acerca a los demás y nos permite tener mejores sentimientos hacia ellos. Se aprende pronto que competir lleva a ganar (sacar las mejores notas, vencer en los juegos) y cuesta mucho comprender que las cosas importantes requieren la colaboración de otras personas. Así, en un atasco, no hay que ver a un montón de coches que se interponen en nuestro camino, sino a otras personas que intentan lo mismo que uno: avanzar.
La psicóloga también sugiere "pedir afecto, si hace falta". Según la experta, es importante pedir cariño cuando se necesita: "dejar que los demás sepan que se busca afecto y mostrarse tan sincero como la situación lo permita acerca de los propios sentimientos".
"Es bueno abrirse, hablar, preguntar a quien interesa: no hay nada que perder y sí mucho que ganar, porque las personas están dispuestas a responder con afecto cuando alguien se muestra accesible", señala la psicóloga.
Aceptar las muestras de afecto, también es importante. Para que a uno le aprecien, hay que exponerse a las situaciones en que esto sucede, lo que equivale a dar tiempo a la ternura, dedicar un buen rato a quienes se quiere. "Estamos entrenados para rebotar las muestras de aprecio, por ejemplo al rechazar los halagos, pero es conveniente aprender a asimilar el afecto recibido: si le dicen que falda más bonita, responda "a mi también me encanta" en vez de "no te fijes mucho que me costó muy barata", señala Torrabadella.
EL SECRETO DE LA SIMPATIA
Para la doctora Isabel Vaquerizo, entrenadora en habilidades sociales "las personas simpáticas y sociables no encierran ningún misterio: sencillamente nos miran, nos prestan atención cuando hablamos o hablan y nos saludan efusivamente o con un "hola" que significa estoy "encantado de verte".
Según la experta "no basta con desear hacer amigos: hemos de manifestárselo, nuestras miradas y sonrisas deben expresar a los otros que estamos receptivos".
Pero éstas no son las únicas claves para entablar amistades; Vaquerizo también señala que "no nacemos simpáticos, aprendemos a serlo. Pero tenemos la creencia equivocada de que las personas simpáticas nacen con un don que les permite relacionarse eficazmente con los demás y si no lo tenemos en nuestros genes, sólo nos queda resignarnos; ¡grave error, porque las habilidades sociales se aprenden!
Según las experta en psicología conductual la sonrisa es nuestra puerta de entrada. "A veces la diferencia entre una persona con muchos amigos y otra con pocos, radica en un gesto: una cara seria, una mirada huidiza, uno tono de voz bajo (de esos que no oye ni el cuello de su camisa), una postura corporal no orientada hacia el otro, son motivos suficientes para no recibir la atención de los demás".
"Y para que nos preguntemos: "¿Qué tendré yo que nadie me mira, que nadie me escucha, que nadie me dice nada?. Cambie ese gesto de preocupación que surge de pensar que "no vales para esto o no caes bien"; mire a quien habla y que perciba que le escucha; asiente o pide aclaraciones. En fin: ¡Manifiesta cordialmente tu presencia!", aconseja a la psicóloga.
Para otra puerta para mejorar las relaciones es algo tan simple como retener el nombre. "Cuando nos presentan a alguien es muy importante atender a su nombre: este comportamiento tiene una clara recompensa: el otro procurará recordar el nuestro. Dirigirnos por el nombre propio nos acerca; utilizar pronombres ("Oye, tú...; como ha dicho este), no es la mejor fórmula", señala.
Pero no vale pensar "le he caído bien, pero a ver que pasa". "Después de las presentaciones y la agradable charla, puede venir el intercambio de teléfonos o la invitación para volver a reunirse, y se nos plantean nuevos retos: "me encantaría tenerlos como amigos, ¿qué puedo hacer para lograrlo?", señala Isabel Vaquerizo.
"Pero ¡cuidado!: no a cualquier precio: es importante tener claro que asentir y escuchar no basta, hemos de expresar nuestras opiniones tanto a favor como en contra. Tener amigos no significa renunciar a nosotros mismos", finaliza.