En estos tiempos de reflexión y de búsqueda de esa comunicación necesaria, obligatoria, gratificante con Nuestro Padre Todopoderoso, siempre hay la tendencia a volver a la génesis del mundo y a tratar de analizar el por qué de nuestro paso por él y entonces sin duda que el final será el mismo: saldrá a relucir la palabra amor como esencia del Cristianismo, como fundamento de todo lo que cuenta con la aprobación Divina, como agua pura de manantial que sana heridas, sacia la sed de aceptación Divina y nos redime.
Cuando Jesucristo aceptó la voluntad de su y nuestro Padre Todopoderoso, Jehová, no cabe la menor duda de que sabía el gran compromiso que llevaba sobre sus hombros, redimir a la humanidad con su sangre, demostrarle el valor de seguir los mandamientos divinos y ser sensible al dolor del prójimo, humilde, perseverante y ante todo estar lleno de misericordia y una fe infinita en que la promesa de vida, a partir de su sacrificio, estaría al alcance de todos.
Solamente hay una manera en que se puede demostrar a Jesús que su gran regalo, la vida eterna para quienes sigan los mandatos del Hacedor Supremo es apreciado y es una meta de la humanidad. Esa forma es el amor, un amor incondicional, desmedido y en que hay empatía completa con los sufridos, los marginados, aquellos que pasan desapercibidos a la hora de repartir los recursos, el tiempo, el esfuerzo, la atención, que sólo son números de estadísticas que escandalizan, pero tocan solamente los corazones de cristianos verdaderos que saben que cada acción cuenta como la que más a la hora de saldar cuentas con Su y Nuestro Padre.
111 Cristianismo es servicio a los demás, es ayudarle a llevar sus cargas, es dolerse de sus desventuras, es estar presente de corazón. Es amarle SIEMPRE.
Hágase la salvedad, sin embargo, de que el Dios amoroso, no acepta caricatura de amor, es decir egoísmo disfrazado de atención temporal hacia los demás, sólo porque se quiere ganar aceptación social, pero no porque un amor auténtico germine en el corazón del dador y servidor al punto de que esté dispuesto a usarlo como bálsamo para aliviar y cicatrizar las llagas con que la injusticia, el afán de poder, la búsqueda de glorias y riquezas materiales marcan a grandes sectores de la humanidad creando un abismo cada vez más grande entre dos grupos: ricos y pobres.
La hora ha de sonar cuando se hagan las preguntas sobre la proyección social de cada uno y entonces los justos, quienes son sensibles a la desdicha y hambre física y espiritual, podrán ponerse la mano en el corazón y contestar con la seguridad que da el deber cumplido: Yo amé incondicionalmente a mis hermanos, como tú Jesús, me enseñaste para cumplir con el deseo ferviente de nuestro Padre y complacerle.
Y, es que, precisamente de eso se trata, de tocar los corazones, las conciencias y hacer reflexionar sobre la tarea de ser buen congénere y de ser agradecidos con Dios, los progenitores y la vida, porque el éxito empieza por ser humanitarios en todo el sentido de la palabra.
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