En sus obras se mezclan ángeles y "madonas" con anfibios, palmeras, mestizas e íconos publicitarios de una transnacional exportadora de bananas que se asentó por décadas en el occidente panameño y una avena también de la tierra de Washington.
No fue profeta en su tierra, pero ondea la enseña tricolor en el viejo continente.
Aristides Ureña Ramos es un cholo veragüense que se duele de su patria y orgullosamente usa cutarras. Las calza en Europa, donde pisa firme. Donde su arte suena duro.
Su pintura, que se exhibe en Galería Habitante, es un espejo en el cual nos vemos desenmascarados.
Así como pinta damiselas en tardes de té y sombreros, Ureña Ramos pinta a los desplazados del Darién. A los que sólo la selva acogió sin preguntarles de dónde vienen ni adónde van. Esos que nadie quiere. Que no pueden desprenderse del ayer ni afincarse en el hoy. Que tienen un mañana nuboso porque emigran con una carga de dolor y vacíos. Gente dejada a la buena de Dios, que no halla padrinos.
No quiere que seamos anodinos y nos perdamos en el mar de la globalización. Dice un sí a la homologación, pero llena de riquezas, donde seamos copartícipes en el rescate de la memoria histórica, de la identidad.
Foráneas vivencias mezcladas con criollas, que marcaron al país y han estado poniendo a prueba de qué está hecha nuestra identidad y cómo esta panameñidad, crisol de razas es como un tejido intergeneracional, zurcido a punta de pico y pala. Que ha germinado en un hombre y una mujer que aprendieron a nadar en el mar del juega vivo mientras batallan con la alienación cultural.