Busqué para enterrar de nuevo
la raíz del árbol difunto:
me parecía que en el aire
aquella cabellera dura
era el dolor del pasajero:
y cuando la metí en la tierra
se estremeció como una mano
y otra vez tal vez, esta vez,
volvió a vivir con las raíces.
Yo soy de ese pueblo perdido
bajo la campana del mundo:
no necesito de los ojos
la sed determina mi patria
y el agua ciega que me nutre.
Entonces del bosque raído
extraje el bien desenterrado
por la tempestad o la edad:
miré hacia arriba y hacia adentro
como si todo me acechara:
no podía sentirme solo,
el bosque contaba conmigo
para sus trabajos profundos.
Y cuando cavé, me miraban
los cotiledones hojosos,
los epipétalos hipóginos,
las drupas de íntimo contacto,
las emigrantes azorellas,
los nothofagos inclementes,
Examinaban la quietud
de mis manos ferruginosas
que cavaban de nuevo un hoyo
para raíces resurrectas.
El amancai y el altramuz
se empinaban sobre la greda
hasta las hojas y los ojos
del raulí que me examinaba,
del maitén puro y tembloroso
con sus guirnaldas de agua verde:
y yo sosteniendo en la selva
aquel silencio irresponsable
como un mayordomo vacío
sin herramientas ni lenguaje.
Nadie sabe mi profesión
de empecinado en las raíces,
entre las cosas que crujen
y las que silban de repente,
cuando las heliánteas homógamas
construyen sus cubos genésicos
toda la selva vaginal
es una bodega olorosa,
y voy y vengo salpicando
las constelaciones del polen
en el silencio poderoso.