Este 22 de abril, la nación más grande de la América Latina, Brasil, conmemoró sus cinco siglos de existencia. El Coloso Verde, denominado así por muchos, se abre el mundo con su singular belleza interna: población mixta motivada y luchadora, el poderío económico emergente, el pilar base del MERCOSUR, además de ser la pieza fundamental de la futura unidad americana, a pesar de que sus 150 millones de habitantes hablan portugués, en vez de español.
Pero, ¿Cómo era el Brasil que descubrieron los ibéricos cuando llegaron al Nuevo Mundo en 1500? ¿Quiénes eran sus pobladores? ¿Cuales fueron las repercusiones inmediatas? Algunas de estas preguntas las responde el especialista etnológico Jorge Caldeira, en un estudio amplio sobre el país sudamericano, quinientos años después del hallazgo luso.
Según Caldeira, las primeras impresiones de los europeos que desembarcaron en la América tropical variaron por la naturaleza de una época en que ciencia y misticismo todavía no se habían separado. Con certeza, los navegantes portugueses llegaron a Brasil como personas mucho más realistas que Colón, que creía haber llegado al Edén. El primer documento sobre la tierra, del escribano Pero Vaz de Caminha, no llega al punto de ir mucho más allá de lo que veían sus ojos, aunque surgieran aquí y allá indicios de escenas paradisíacas; Mujeres indígenas hermosas, hacendosas con los visitantes, que ya advertían el primer signo del mestizaje intercultural humano. La inocencia de esta gente es tal, que la de Adán no sería mayor, en cuanto a la vergüenza.
Brasil estaba ocupado por un inmenso conjunto de grupos autónomos. Eran millones de individuos, que hablaban por lo menos 170 lenguas, de troncos distintos. A excepción de la Amazonia, era raro el grupo que llegaba a mil individuos. El establecimiento en Brasil implicaba el contacto grupo por grupo, y su permanente repetición. El motivo era bastante sencillo: todo el acervo de conocimiento que se poseía en la época era totalmente inútil para la tarea de trabajar la tierra. El litoral brasileño estaba cubierto por la Mata Atlântica, la más rica variante de las Florestas Tropicales Húmedas. ¡rboles gigantescos ocupaban toda la tierra, y bajo éstos vivían centenares de miles de especies completamente desconocidas para los europeos.
La fuerza de las armas estaba de parte de franceses, portugueses y españoles que se arriesgaban por Brasil. No había ninguna dificultad para destruir una tribu a balazos. Pero este tipo de acciones no tenía ningún sentido, ya que el objetivo era ocupar la tierra de modo permanente. La ocupación efectiva del territorio brasileño sólo se hizo posible cuando se estableció el acuerdo que permitió a los europeos conocer algo de lo que sabían los indios - que era mucho más que lo que la fuerza de las armas permitía obtener. Los nativos conocían el uso de miles de plantas (para hacerse una idea, en general la farmacia común de las tribus incluía el uso de algunos centenares de medicinas). Conocían sofisticados métodos de preparación de alimentos, el más importante de los cuales, en ese momento, era la yuca. Cultivaban especies hasta entonces desconocidas (maíz, algodón, tabaco, cacahuete eran los más importantes). Sabían manejar la naturaleza, dominaban las épocas de la plantación, circulaban en la tierra en función de la búsqueda de los alimentos adecuados a cada estación del año. La única base posible de acuerdo era la costumbre, principalmente tupí, que regía la aceptación de extraños en la tribu.
En la doble condición de condenado y fundamental nacía el brasileño, hijo del matrimonio inicial. Ya no exactamente un europeo, ni tampoco un indio. Identificado con un padre que muchas veces no le reconocía, educado en las costumbres de la madre, a la que muchas veces no reconocía. La multiplicación de los puestos de ocupación generados por los matrimonios permitió, muy pronto, el desarrollo de otro tipo de arreglo, también basado en las costumbres indígenas. A fines de la primera mitad del siglo XVI, fue posible construir una estructura de fusión de culturas más aceptable a ojos de los europeos. En este caso, lo fundamental fue la costumbre empleada para establecer alianzas con tribus vecinas. En la base del acuerdo estaba la oferta de mujeres a jefes de las aldeas vecinas. Estas mujeres debían abandonar las costumbres de su propia tribu para adoptar las de su nuevo marido.
Esta costumbre fue adoptada a la larga en los dos puntos donde progresó la ocupación: Pernambuco y São Vicente (São Paulo). En los dos casos, náufragos casados con varias indias - Vasco Fernandes Lucena y João Ramalho respectivamente - elaboraron grandes acuerdos con los grupos locales a partir de matrimonios de alianza montados de esta forma. Así se poblaron las primeras ciudades: hombres europeos casados con indias. Inmediatamente después del establecimiento de las relaciones, la llegada de curas permitió que éstas se encubrieran a los ojos de
Occidente. La simple fórmula de aceptación de la religión católica, sacramentada por el bautismo, permitía la construcción de una nueva identidad civil para las indias, que pasaban a ser tan blancas; como indios eran los europeos casados en las tribus. La ventaja de esta segunda fórmula, convertida en casi obligatoria por los portugueses, era la posibilidad de mantener las apariencias de pureza de sangre, que enseguida fue objeto de especial aprecio entre los brasileños - y en torno la cual se acabaría estructurando en un primer momento el juego político de la colonización - y más tarde la propia fuerza de la nacionalidad, dos siglos más tarde. Aceptando o rechazando el aval a la condición; de acuerdo con las conveniencias del momento, el gobierno portugués pronto garantizó un instrumento que le permitiría manejar a los coloniales. En los momentos que le interesaba, concedía títulos que legalizaban formalmente la pureza de sangre, necesaria para la obtención de cargos o la satisfacción del alma. En otros, castigaba a los que se desviaban, valiéndose principalmente de la Inquisición. Nunca está de más decir que, en Brasil, las mayores víctimas de la Inquisición fueron brasileños, en general condenados por abandonar la fe y aceptar las costumbres indígenas del matrimonio fuera de la Iglesia o de la poligamia. De algún modo, la fuerza del instrumento vale hasta hoy en día. Los brasileños siguen siendo especialmente sensibles a la acusación de no ser, o por lo menos tan blancos como deberían ser. El epíteto tiene un gran peso cultural, incluso después de perdida su función primordial con la Independencia. Las innumerables manifestaciones culturales construidas a lo largo de los siglos de fusión que identifican a los brasileños como gente distinta; frente a los europeos - carnaval, cocina, libertad de costumbres, etc.- son vistas con enormes reservas por las élites locales Así, el mayor de todos los frutos del contacto racial - el fruto que vale no sólo para Brasil, sino también para toda la civilización occidental - sigue teniendo un gusto todavía demasiado exótico. Pero es, sin duda, la mayor marca que el país ofrece. Pocos lugares del mundo poseen un grado de apertura hacia lo nuevo como Brasil.
La base de ésta es justamente la democracia racial que se ha venido construyendo a lo largo de los siglos. Oculta por el prejuicio racial de parte de la élite, que está vigente de un modo muy mitigado (si se compara, por ejemplo, con Estados Unidos o Europa), esta costumbre permitió la construcción de un democracia política efectiva en un país que lo tenía todo para no poseerla. Sobre la base inicial mezclada, se montó una sociedad esclavista. Pero que, a pesar de ello, nunca consiguió eliminar la costumbre ya convertida en tradicional - y que podía verse cada día en hijos de blancos con negros, negros con indios, mulatos con blancos, blancos con indios. Esta gente, condenada como inferior, consiguió transformar la condena en identidad, en el momento de la Independencia. Es una identidad tan fuerte que no llegó a haber división en el territorio, disputas políticas internas de mayor importancia. Por el contrario, la nación se construyó en base a arreglos que muchas veces parecían disparatados a los ojos de los europeos - e incluso de muchos brasileños - pero que funcionan hasta hoy de manera un tanto inusual. El deseo de democracia en Brasil se traduce, desde el siglo pasado, en una arraigada creencia en la necesidad de distribuir el poder a partir de mecanismos de representación política. Desde 1823 hay elecciones nacionales en Brasil, y desde entonces con una apertura hacia el registro de electores poco corriente incluso para los estándares de las democracias europeas. El hábito de considerar atractiva cualquier posibilidad matrimonial, independientemente del origen étnico, consiguió prevalecer sobre la tendencia al cierre que caracterizaba a la mayor parte de los grupos inmigrantes. Y así como absorbe personas venidas de fuera sin perder su identidad.
Brasil absorbe empresas. La primera empresa de capital extranjero del país se instaló en 1825 y funciona hasta hoy. Nunca una empresa propiedad de extranjeros ha sufrido modificación alguna en su régimen de propiedad fuera de los estrictos términos de la ley. Estas son sólo algunas de las consecuencias de la estructuración fundamentalmente democrática del país. Brasil es una de las últimas provincias de la Tierra donde nadie es extranjero, donde es posible cambiar un destino sin perder la identidad. Y esa es, precisamente, la característica que hace que muchos se refieran a él país del futuro. La escena clásica de una humanidad integrada, sin diferencias raciales y sociales evidentes.