La técnica de puntillismo y finos trazados, del maestro Guillermo Trujillo, se reconocen a primera vista y a una distancia considerable .
Sus miles de puntos de colores están bien pensados, entre una serie de contrastes y mimetismo, que destacan y dan vida a un mundo con detalles minuciosos en tonos mates en acrílico o con texturas brillantes con el óleo.

Su lenguaje visual, descrito en sus cuadros, son de fácil comprensión.
Por ello, vemos figuras esbozadas directamente en el lienzo, producto de una espontánea necesidad de Trujillo para desarrollar sus ideas en el acto sin miramientos a buscar una perfección.

Con este aporte, el maestro le recuerda a otros pintores, que no solo se debe buscar “la perfección de las formas”, sino también encontrar y plasmar la belleza de lo “inconcluso” en un mundo paralelo entre colores cálidos , brillantes, tenues y fríos.
Fiel a sí mismo.
El maestro panameño, como comunicador visual, le preocupa cómo los humanos se alejan de la naturaleza, para pasar a convertirse en “robots” o una pequeña pieza de un mundo material.

Sus cuadros “empatan” nuevamente la paraacción del humano con la naturaleza, con colores que recuerdan un poco a grandes maestros como Gauguin, donde el maestro Trujillo se apoya en las escalas tonales del verdor en sus obras pictóricas, recordándole al observador que el pigmento verde es terapéutico y sanador.
Por otra parte, los tonos naranjas, que regalan los primeros y últimos rayos del sol, se pudieron ver en su cuadro titulado “Los llanos de Antón”, por un cielo conformado por manchas gruesas que proporcionan más sobriedad.
En el cuadro “Ocho amigas el día de San Patrick”, Trujillo revela que cada una de ellas, viste una creación diferente, con figuras geométricas armoniosas.
¿Puede el humano regresar a la naturaleza?, esto el maestro Trujillo lo entremezcla entre formas y colores.