Cada uno decide qué es la felicidad, y la artista plástica Fabiola Buritica siente que vivió una niñez plenamente feliz, aunque nació y creció en el monte, en Colombia, jamás fue a la escuela porque la más cercana quedaba demasiado distante y fue su padre quien le enseñó a contar de 1 a 10.
Es que, rememora con gratitud y añoranza, “ yo tuve padres que me criaron con amor. El amor les da seguridad en sí mismos a los niños. Mis padres me enseñaron a luchar, a conseguir por esfuerzo propio lo que necesitaba. Me decían que no me dejara pegar de una mujer ni tampoco de un hombre. Éramos ocho hermanos, 4 mujeres y 4 hombres. Mi papá cuando se iba de cacería a todos nos ponía un canastito e íbamos a recoger café. Nos enseñó el valor del trabajo, que la comida se gana con el sudor de la frente. Los niños de hoy son tan sobreprotegidos que llega el momento en que creen que tienen derecho a todo sin mover un dedo. No saben hacer nada. Papá nos llevaba también a pescar y nos enseñó a estar unidos porque así éramos más fuertes. Nos ponía a hacer flechitas para pescar con ellas. Nos enseñó a sobrevivir. Eso es educar, más que mandar a la escuela y desentenderse de los hijos. Siempre le estaré agradecida”.

Sus padres, la vida, Carmen Alemán, “que me recogió de la calle, me apoyó y creyó en mí” y la gracia de Dios, le permitieron a Fabiola Buritica aprender a pintar e ir pavimentando el camino a punta de ensayo y error para hoy cosechar los frutos de la perseverancia y la fe inmensurable que hicieron posible que cumpliera el anhelado sueño de volver a ver a su hijo, su más preciado tesoro. Retornó, tras 20 años de ausencia.
El padre le impedía verlo. “No hubo preguntas”, nos dijo. Solo gratitud hacia Dios porque se lo devolvió.
Tantas lágrimas derramó y tantas horas oró. Mantenía viva la esperanza de que algún día volvería. ¿Por qué habría de cuestionar a Dios?
Ocurrió así. Un día alguien tocó la puerta. Cuando ella abrió no podía creer lo que veían sus ojos.
Le dijo: “Soy yo, mamá”. Ella le abrió los brazos, su corazón y su casa. Han pasado 7 meses y ella aún cree que está soñando.
Su vida siempre ha estado llena de pruebas. A los cuatro años, ella pintaba con las manos en los barrancos, en Caldas. Llegaba el aguacero y le borraba los cuadros. Pintaba otros.
Cuando a los 13 años su madre la dejó en la capital, antes fue a una iglesia por primera vez. Conoció a Dios y lo amó para siempre.
Fue empleada doméstica. Se cayó, se levantó. Ha subido al cielo y ha estado en el abismo y de la mano de Dios llegó a Panamá hace 27 años. La adoptó como segunda patria.