No hay duda que el arte no figurativo trata de establecer una relación ambigua con el espectador, una relación que el artista, para concretizarla, recurre a una serie de elementos que tienen su sustento en la estructuración de sus elementos, en la valoración cromática y en la sugerencia de atmósferas.
Hay en "camino de cruces", la más reciente obre de Luis Olaciregui, un mundo de sugerencias referidos tanto a aquel sendero transitado por los colonizadores en el siglo XVI, como al paisaje transformado y que constituiría el área del Canal Interoceánico.
Esta obra pictórica, donde el color ocupa el lugar protagónico, pareciera comunicarnos una violencia externa soterrada, intuida, (sobre todo al contemplar esos rojos de cadminio intenso) tanto en la cotidianidad de nuestro transcurrir por estos "caminos de la vida", como por ese pasado que la historia ha vuelto ya documentado o vivencia concreta para impulsar la imaginación.
Si bien Olaciregui arma el lienzo con los colores básicos, a medida que la obra va tomando cuerpo tanto en el soporte (con yuxtaposición de colores) como en su imaginación (mediante ensamblajes de intuiciones fugaces), en un segundo momento juega con tonos violetas o naranjas que se erigen en resortes que buscan activar nuestra capacidad de percepción errumbando nuestra visión hacia la complicidad en su acto creativo. Y con esas áreas de luz (lilas, amarillos, verdes o el puro blanco) atempera la irrupción de esa fuerza primigencia contenida en los espacios que son fuego, que con abismos, que son noches primigenias, que son caminos, bifurcación y encuentro con nuestra propia identidad.
"Camino de cruces" es, en la ejecutoria de Luis Olaciregui, una reafirmación más de su capacidad de transformar la sola idea, en arte para el disfrute de quienes nos acercamos a sus cuadros.