Para un sacerdote, es una invitación para ir al infierno. Para otros, el carnaval de Río, de cinco días de duración, es una excelente excusa para abandonar la ciudad.
El carnaval, que comenzó el viernes con las habituales multitudes vociferantes bailando en las calles, es odiado por muchos brasileños, pese al estereotipo de que el país entero se paraliza a fin de celebrarlo.
La fiesta, famosa en todo el mundo, se inició el viernes con la ceremonial entrega de las llaves de la ciudad al simbólico "Rey Gordo"".
Es un símbolo de nuestra cultura popular, de nuestra identidad y de nuestra visibilidad internacional"", dijo César Maia, alcalde de Río.
Entre los parranderos del viernes figuró la modelo brasileña Gisele Bundchen, que causó conmoción cuando bailó al ritmo de samba en el sector norte de la ciudad, una zona pobre.
El congestionamiento de tráfico causó colas de kilómetros de largo, mientras residentes acomodados salían de la ciudad en sus vehículos y escuelas de samba se congregaban en urbanizaciones pobres.
Tal vez a los turistas les gusta el carnaval, pero una reciente encuesta realizada por el grupo Sensu determinó que un 57,4% de los brasileños detestan la celebración.
"Es la fiesta del diablo. Alienta la prostitución"", explicó el reverendo Flavio Luis Silva Araujo, un pastor del Reino Universal de la Iglesia de Dios.
"La palabra del Señor es muy clara: el espíritu no debe satisfacer la lascivia de la carne"", añadió. Un creciente número de brasileños comparten ese punto de vista, gracias a la creciente popularidad de iglesias protestantes en este país de mayoría católica.
Alrededor del 15% de los 175 millones de brasileños pertenecen a denominaciones protestantes que se oponen al carnaval. Otros brasileños tienen problemas más terrenales con la celebración.