Un gran deleite para los adultos es observar las ocurrencias de los/las pequeñines. Es un constante sorprenderse del alcance de la imaginación de niños y niñas que desde que abren los ojos al mundo comienzan a explorarlo y hay que guiarles, pero no coartarles esos deseos de indagar, de conocer, de ver con detalles las cosas.
Dar a luz un/a niño/a es maravilloso. Verle crecer y convertirse en adolescente, adulto/a, ser madre y poder junto a él o ella mirar el mundo desde su punto de vista es una oportunidad y privilegio que tenemos.
Todas las épocas en la vida de la persona tienen interesantes aspectos. Pero, hay una que es riquísima en anécdotas divertidísimas y es la primera infancia.
Ya cuando el bebé o la bebé da sus primeros pasos y se aventura a ir más allá de la cuna, de la andadera, de los brazos de mamá y papá, empieza a verlo todo, a tocarlo todo, a querer por experiencia propia ir ampliando su mundo. Y hay que dejarlo/a y facilitarle esta exploración de formas, colores, sonidos, olores, sensaciones que se dan gracias al contacto con los objetos y las personas que le rodean. Protéjalo, sí, pero no le sobreproteja porque a la larga le puede hacer muy dependiente, cortarle las alas de su imaginación, de su potencial creador.
Es importante asegurarse que no se pueda hacer daño, pero permitirle sus ocurrencias producto de su inocencia. Por enumerar sólo algunos ejemplos, está el caso de Carlos Enrique, a quien su madre le compraba los muñecos que estaban de moda y él disfrutaba montones jugando con una latita de vic, o el de Abraham según el cual cuando llueve es porque la luna llora porque está triste. Y qué decir de los niños que corren en un palo de escoba y dicen que ese es un caballo, o de Marquitos, que con su hermanita inventaba cuentos en que convertía a los ratoncitos que corrían por las barandas del techo de su casa en personajes. Cada día era un episodio nuevo. Y, las latas de sardina que con un cordel los niños convierten en un camión que carga arena, piedras...Bueno, no podemos olvidar lo que nos contó Odile de la diversión de su hijito Diego de un año con el rollo de papel higiénico. O quizás, como Ana Paula y su primito que aún no cumplen los tres años, que se las ingeniaron para mientras uno trataba de montarlo como si fuera un pony, la otra se encargaba de corretearlo con la manguera. Al final ambos quedaron mojados y el perro, a distancia, fuera de su alcance los observaba con el rabillo del ojo como quien dice: "Lo que es estos dos no me vuelven a agarrar distraído".
Darle rienda suelta a la imaginación infantil es asunto de segundos, son expertos/as en ello y los adultos en reprimirlos, prohibirles todo. Y sin explicaciones. O, a veces intentan dárselas, pero son tan desconocedores/as de la psicologiá infantil ( y se les olvida que pasaron por esa etapa de quererlo experimentar todo) que no aciertan a usar las palabras adecuadas para hacerse entender.
Definitivamente, entre las personas adultas y los/las niños/as hay grandes diferencias. De manera alguna hablamos tan solo ni de la edad ni la talla. Sino de esa bondad intrínseca pero que aflora segundo a segundo y les hace ser abiertos a las demás personas, sin censurarles, sin etiquetarles (a dudar, a desconfiar de los demás, a criticar, la intolerancia, lo aprenden de malos modelos adultos). Nos referimos también a el enfoque distinto de la vida, a esas energías inmensurables e incontenibles que les caracteriza y que debe ser canalizada con inteligencia para que redunde en su propio beneficio.
Cuando usted descubra otra vez lo fantástico de ver más allá de lo que aparentan las cosas y las personas, cuando se tome tiempo para dejar que el/la niño/a que alberga dentro se dé una escapadita, será menos crítico/a, más tolerante, más sabio/a, más sano/a, más alegre, más justo/a y más feliz.