Después de la Revolución Norteamericana, en la víspera del 4 de julio se encendían hogueras monumentales, y por la mañana rompían a sonar campanas, armas de fuego y cañones.
Hubo una vez en Estados Unidos una época en la que el año estaba marcado por dos festividades importantes y ansiosamente esperadas -- la Navidad y el Día de la Independencia. De pedirse que escogiera cuál de ellas era la mejor, hasta los niños posiblemente hubieran escogido el 4 de julio. Tanto en el campo como en las ciudades, era un día de banderas ondeantes, emociones fervientes y placeres rimbombantes al conmemorarse una libertad ganada tan recientemente que no se la tenía todavía como algo definitivo e imposible de perder.
Una de las primeras descripciones de cómo se debía rendir tributo a este aniversario del nacimiento de nuestra nación aparece en una nota fechada el 4 de julio de 1777, enviada por Thomas Wharton, del Comité de Seguridad de Filadelfia, a los jueces de la ciudad. En ella les decía que los verdaderos amigos de la libertad habían expresado su deseo de celebrar festividades e iluminaciones públicas.
Se ordenó por lo tanto que hubiera fuegos artificiales en el campo comunal de la ciudad y se solicitó la ayuda de doscientos soldados para que controlaran el fervor de aquellos que bebieran demasiado patrióticamente.