Desde que llegó a Mónaco ha sido centro de todas las miradas. Cada paso, cada vestido y cada aparición pública Charlene de Mónaco ha sido y es, mirada con lupa. Y es que pasar de ser nadadora olímpica a Alteza Serenísima del segundo Estado más pequeño del mundo es un cambio difícil de llevar. David López de Vanity Fair ha viajado al Principado para conocer las intrigas entorno a la nueva soberana.
Charlene Wittstock llegó a Mónaco proveniente de Sudáfrica donde estaba más acostumbrada a ir todo el día en bañador, como ha confesado en alguna ocasión, en vez de vestir de alta costura e ir a actos protocolarios. Vanity Fair se reúne con una persona que conoce muy de cerca a la princesa, pero que prefiere quedar en el anonimato. "El ambiente que se vive en palacio es muy hostil", cuenta la fuente. "Hay que darse cuenta de que Charlene proviene, además, de otro mundo. Un mundo en el que ha visto la muerte y la pobreza de cerca. Al principio, el contraste fue tal que lo pasó muy mal. Ahora está aprendiendo a sobrellevarlo".
Ella y Alberto de Mónaco contrajeron matrimonio en julio de 2001, y desde entonces numerosos han sido y son los rumores sobre su relación y la descendencia. "Charlene ha sido víctima de muchas presiones y comentarios hechos con la única intención de hacerle daño", reveló a Vanity Fair una fuente cercana a lo que añadió: "Y esas críticas se han vertido principalmente desde la corte."