El público apuró el martes las últimas horas de fiesta multinacional en la Expo de Hannover, mientras organizadores y autoridades despedían el evento con palabras solemnes.
Una larguísima lista de discursos seguida de una ceremonia musical algo encorsetada marcó el final oficial de la muestra, tras cinco intensos y difíciles meses para los organizadores.
Ni la comisaria general, Birgit Breuel, ni los políticos pudieron omitir la mala balanza financiera que la Expo dejará en Alemania.No en vano, el déficit de 2.400 millones de marcos (1.200 millones de dólares) ha sido el aspecto más comentado de la Exposición.
Pero, el martes, el presidente del Bundestag (parlamento alemán), Wolfgang Thierse, fue capaz de transmitir lo que ni la comisaria ni su equipo han logrado explicar en los cinco meses de críticas y acusaciones a las previsiones iniciales, que partían de la cifra de cuarenta millones de visitantes.
Más allá de fracasos económicos, Thierse recordó que en una época en la que se registra un aumento de ataques xenófobos y antisemitas, "la Expo ha sido la embajadora de la otra Alemania".
Tras un siglo en el que el país ha hecho llegar al mundo imágenes de horrores y desgracias, la muestra consiguió, según el presidente del Bundestag, comunicar alegría y "eso no se paga con dinero".
Lo que Thierse omitió es que de los 18 millones de visitantes, sólo un diez por ciento llegó del extranjero con lo que quizás no se pudo hacer llegar con éxito la nueva cara de Alemania al planeta.
Durante la clausura en Hannover fueron muchas las palabras de recuerdos y defensa a capa y espada del futuro de las exposiciones universales, que al menos tienen su futuro inmediato asegurado, pues la ciudad japonesa de Aichi tomó hoy el relevo para el año 2005.
En una ceremonia larga y desangelada se quiso reflejar el encuentro entre los pueblos con intervenciones musicales, entre ellas la del gaitero asturiano Hevia y la de Misi, una banda infantil colombiana destinada a reintegrar en la sociedad a niños de la calle.
Es sabido que los alemanes no son maestros a la hora de organizar fiestas y el lanzamiento final de confetis y papelitos en los que se leía adiós en varios idiomas fue una ocurrencia rancia y poco apropiada para una muestra dedicada al "hombre, naturaleza y tecnología" en el siglo XXI.
Por suerte, en la calles del gran recinto, del tamaño del Principado de Mónaco, se podía ver algo más de color y espontaneidad, pese a que el intenso frío invitaba a correr a casa.
El carnaval de las culturas de Berlín, un desfile que se celebra anualmente en el multiétnico barrio de Kreuzberg se trasladó a la Feria. Divertidos grupos como el de Miss Lata, una española afincada en la capital alemana que diseña ropa a base de hojalata y otros desechos, pasearon entre los pabellones, algunos de ellos ya casi vacíos.
Algunos últimos eventos demostraron que la Expo -que con sus 173 países y organizaciones representados ha sido la más grande de todos los tiempos- fue un gran taller de ideas y escenario de interesantes ocurrencias.
Así, un grupo de teatro francés decidió tirar la casa por la ventana y repartir el dinero que les sobró entre los transeúntes. Su intención era comprobar la reacción ante el vil metal, que definieron como "animal" al ver como muchas personas se arrojaban al suelo para pelearse por un puñado de marcos.
Otros, como un grupo de tiroleses, decidió utilizar las empinadas escaleras que conducen a una de las plazas centrales como una virtual pista de nieve, para lanzarse desde lo alto armados con sus esquíes.
Una vez que los políticos se han ido a casa, los empleados y visitantes celebrarán por última vez juntos, en una fiesta con músicos y pinchadiscos, algunos de ellos desde otras ciudades conectados vía tele-conferencia.
Unos fuegos artificiales serán la poco original guinda de la clausura y después todo aquel que quiera podrá permanecer en la Expo hasta la madrugada y ver, mientras se despide del evento, como los primeros camiones de mudanza hacen acto de presencia.