Me imagino que muchos recuerdan o habrán leído en alguna ocasión alguno de los libros que conforman la serie Sopa de Pollo Para el Alma.
Normalmente son un compendio de historias cortas que tienen el propósito de elevar nuestro espíritu, inspirarnos, restaurar nuestra fe en la humanidad y recordarnos que dentro del mundo caótico y complejo que habitamos todavía existen personas buenas y quienes con sus acciones y actos cambian el mundo y la vida de otros...
La primera vez que escuché sobre estos libros me encantó la relación que hicieron entre la sopa de pollo y el alimentar el espíritu, me pareció muy original e ingeniosa y aunque en este caso en particular se trata de historias, siempre he creído o más bien sentido que existen comidas que en efecto y literalmente alimentan el alma y el espíritu y que cuando más necesitamos de algún tipo de confort ellas nos lo proporcionan.
La mayoría de estas comidas que nos proporcionan alimento para el alma se asocian con los recuerdos más bonitos de infancia.
Sí, algún plato que nos preparaba nuestra mamá o abuelita, quizás alguna cosa que comíamos cuando vacacionábamos de pequeños, el plato que nos preparaba la nana con cariño, o incluso el primer platillo que aprendimos a hacer. Normalmente al probarlas evocamos estos recuerdos y nos producen un sentimiento de nostalgia y despiertan pensamientos y sentimientos positivos.
Una de mis comidas favoritas para alimentar el alma es un plato que sin duda se consume mucho en las mesas panameñas: el arroz con porotos y lomo.
Yo he vivido fuera de Panamá en tres ocasiones diferentes y cada vez que venía de visita le pedía a mi abuelita que me tuviese listo mi plato predilecto, porque definitivamente saborearlo era regresar a casa.
Haciendo un poquito de investigación encontré que existen comidas muy comunes que suelen ser las de confort para la mayoría de las personas en los países occidentales, por ejemplo el chocolate (y en este caso en particular tiene una explicación científica, ya que libera ciertos compuestos en nuestro cuerpo que producen felicidad: los estofados o guisos, la pasta (especialmente lasaña y espaguetis con albóndigas), los helados y dominando en primer lugar en casi todas las lista las sopas, especialmente la de pollo.
Para mí que la sopa sea una de las principales comidas que las personas asocien con esta característica, tiene mucho sentido, hay algo tan reconfortante al momento en que probamos esa primera cucharada de sopa caliente que ha estado cocinándose por horas en el fogón y desarrollando una complejidad de sabores, que no tiene comparación. Mi novio y yo por lo menos una vez por semana y especialmente después de un largo y difícil día, vamos a tomar un buen plato de sancocho en un restaurante de la localidad, ya en el lugar nos conocen y ni siquiera tenemos que hacer el pedido porque saben perfectamente lo que queremos. De más está decir que siempre que terminamos salimos renovados y con una sonrisa en la cara, listos para enfrentar cualquier reto que se nos pueda presentar al día siguiente. Y es que ese es el poder de la buena comida.