A pesar de lo que podía parecer, el continuo crecimiento escolar en Europa no ha traído consigo un "boom" de lectores. Se supone que quien estudia en la universidad leerá más. En realidad no es así, ya que la compra de libros por los jóvenes a decaído.
Parece que sí, el gusto por el libro sólo puede ser transmitido por verdaderos gustadores de libros.
El libro no es un asunto de letras. El libro ha sido hasta ahora, y desde hace muchos siglos, el vehículo de la transmisión cultural. Una cosa es no hacer una apología superficial y en el fondo perjudicial del libro y otra es dejar esa labor indirecta e inteligente sólo a los encargados de enseñar la ortografía y la sintaxis.
Es un poco hipócrita quejarse de la disminución de los hábitos de lectura y a la vez reducir cada vez más la importancia de las humanidades en la enseñanza. Reducir en la práctica, porque hay un discurso teórico que reconoce la validez de esa tradición humanística pero que, a la hora de destinar fondos, se decanta por potenciar los idiomas modernos o la informática.
Sentirse orgulloso de un hijo no debería de los puntos anotados en un partido de baloncesto, por ejemplo, ni de las notas conseguidas.
Puede que resulte difícil estar orgulloso de un hijo cuando toma decisiones equivocadas o cuando falla. Sin embargo, nunca, nunca, debemos permitir que se esfume el cariño.
Cuando falle, no diremos: "no llegarás nunca a ninguna parte". Un simple descuido y cuatro o cinco palabras pueden llegar a herirle profundamente.
En nuestro hijo adolescente hacen el efecto de: "estoy disgustado contigo como ser humano".
Puedes acudir a mi para que te haga falta; siempre estaré aquí para escucharte". Un adolescente da mucha importancia a poder acudir a sus padres cuando existen problemas; aunque exista rebeldía, en los momentos difíciles necesita tener una seguridad: "mis padres están ahí".
Sin embargo, si no le prestamos atención cuando lo está pasando mal, le estaremos dando una buena razón para que se las apañe por sí solo y busque consejo y ayuda en otros lugares.
Hay que escucharles, sin querer hablar y pontificar continuamente. De esta manera, dejamos claro a nuestro hijo que: "Eres importante para mi", "me preocupo de las cosas en las que tú estás interesado", "me gusta escuchar tus ideas y opiniones", frases como estas la mayoría de los padres ha olvidado decir a sus hijos, quizás por la modernización que existe actualmente.
Escuchar con atención también estimula el deseo de hablar de los hijos. Se construye un ambiente de respeto y afecto mutuo.
Muchas veces, cuando nuestro hijo nos acusa de que no le comprendemos es tan sólo una manera de defenderse. Contar con la confianza de sus padres es importante para un adolescente.
El amor es el ingrediente esencial de una familia sana. Un "te quiero", dicho en voz alta y a menudo, nos ayuda a saber quiénes somos y por qué hemos nacido.
Si disponemos de una agenda de trabajo, o un calendario que veamos todos los días, podemos hacer alguna señal para recordar: "Ojo, en esta semana no he hablado con mi hijo ni una sola vez". A estas alturas conocemos bien los riesgos que se corren en esta etapa.
Cómo animar a los jóvenes a querer la lectura
Leer es más que una necesidad.