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Se supone que el hogar debe ser un lugar seguro para que los niños crezcan, exploren y desarrollen toda su creatividad y potencial. Sin embargo, niños con quemaduras, fracturas, traumatismo, heridas punzocortantes y envenenamiento son atendidos en salas de urgencias de clínicas y hospitales todos los días del año.
Las preguntas son: ¿Se pudo prevenir?, y cuando esto sucede, ¿dónde está mamá o el papá?
Amor también es prevención. Una madre que vela por el bienestar integral de sus hijos se ahorra y les ahorra sufrimientos...
Por eso es importante que la madre y los adultos en general tomen en cuenta que los niños son curiosos e inventores por naturaleza, y en su inocencia, sin percatarse del alcance de lo que hacen, pueden ser víctimas de accidentes.
Lo más importante es la prevención. Pero, a veces, a pesar de todas las medidas y cuidados, el accidente ocurre y puede que tenga o no secuelas físicas y/o psicológicas.
¿Cómo ayudar al niño a superar traumas producto de accidentes en el hogar y los principales escenarios de riesgo para los pequeños en casa? son dos de los aspectos de los cuales nos ocuparemos hoy.
Según el psicólogo clínico Fabio Bethancourt, el accidente mismo constituye una fuente de aprendizaje para el niño si el padre sabe cómo hacer uso de esos malos recuerdos, no para amedrentarlo, pero sí para que tome conciencia de que todo tiene consecuencias y pueden no ser agradables.
Sigue explicando que la memoria del niño que ha tenido esta experiencia, que es una situación aversiva en la que ha habido lesiones, va a grabar eso. Imaginemos el caso de un niño que se subió a un mueble, se cayó y se rompió la boca.
Hay tres cosas que los padres pueden hacer.
La primera es realizarle preguntas como: ¿Qué aprendiste de esto? ¿Qué conclusiones puedes decir tú de esa experiencia?, para tener una idea de lo que pasa por la mente del accidentado.
En este diálogo se invita al niño a que visualice las posibles consecuencias del accidente: romperse la nariz, fracturarse una pierna...
Después viene un compromiso para prevenir que vuelva a ocurrirle algo así. Una especie de contrato escrito en el que él se compromete a abstenerse de determinado comportamiento que le puede ser lesivo.
El tercer paso es el reforzamiento. Hay que reforzar esa conducta, elogiarlo.
En conclusión, Bethancourt enfatizó en que no hay que limitarse a amenazarlo, no es asunto tampoco de asustarlo, es ayudarle a que él mismo saque las conclusiones y evite situaciones y escenarios de riesgo.