Que el presidente Martín Torrijos haya asistido al Teatro Nacional a entregar la Condecoración Rogelio Sinán a Pedro Rivera, es un escalón más que logra la cultura.
En las tres versiones anteriores de este galardón, los mandatarios enviaban a otros funcionarios para que cumpliesen con esta disposición del premio, que nace de dos instituciones pilares en el desarrollo cultural: el Ministerio de Educación y el Instituto Nacional de Cultura (INAC).
Fue un acto rápido, como pocos, donde no queda espacio para rellenar con palabras, más bien se apegó a la economía de ellas.
Álvaro Menéndez Franco, el presidente del Consejo de Escritores de Panamá, inició el reconocimiento con un humorístico y sustancioso recorrido de la vida literaria de Rogelio Sinán, el escritor panameño más representativo hasta este momento, desde sus primeros pasos en las letras, sus viajes, sus obras; para luego introducir al galardonado, Pedro Rivera.
En la mesa principal, custodiada por dos arreglos de flores muy frondosos, Pedro Rivera miraba sin mucho entusiasmo, con unos ojos tristes, bajo un chorro de luz blanca que le aclaraba más sus cabellos, a un público escaso, para la capacidad de esta sala, donde las butacas etiquetadas con "reservado" se quedaron sin ocupar.
Luego Ruth Sinán Domínguez hizo uso de la palabra, de forma breve, para darle paso al siguiente punto, la lectura de la Resolución.
Entre un punto y otro, el público era sorprendido con una lluvia de luz blanca -que molesta y resta concentración tanto al público como al orador- del equipo de producción de SERTV, que transmitía en directo el evento.
Compartida la Resolución, le tocaba -según el programa- al presidente Martín Torrijos decir sus palabras, pero no habló. En su lugar, el director del INAC, Anel Rodríguez, compartió algunas reflexiones acerca de la cultura y el pueblo; con ellas, logró complicados juegos de palabras. También habló por "encimita" de Sinán.
Torrijos, desde la luneta del teatro, se veía muy centrado en lo que estaba ocurriendo en la sala, en ratos dirigía la mirada de un extremo a otro; en otros, se posaba sobre la persona de turno en el podio de una forma muy cercana, como si quisiese conocer las palabras antes de que saliesen de los labios de los oradores.
Pedro salvó la noche.
El discurso de Rivera fue extraordinario y muy acertado; su mensaje se centró en la palabra, también de la ignorancia primitiva y la ilustrada, del cambio que necesita la educación, del maestro conservador que ya no cuenta con las herramientas para enseñar, "nada peor en un mundo sujeto a cambios que un maestro conservador". Además, habló del cambio en la educación que se viene promoviendo desde hace 30 años, habló del lenguaje de los delincuentes jóvenes que es el de un niño, de que hay que romper el círculo vicioso de la ignorancia ilustrada.
Mensaje claro.
Ante el ministro de Educación, Belgis Castro, Rivera mencionó que hay docentes que no desarrollan el hábito de la lectura, siendo la literatura una cantera de conocimientos, que se debe buscar que la escuela cree en los estudiantes el hábito de la lectura, como el ducharse en las mañanas.