Hace unos años, el pianista Víctor Soto exprimía su día entre dos colegios, uno era el Instituto Técnico Don Bosco, donde iba de 7.00 a.m. a 4.00 p.m., y el otro, el Conservatorio Nacional de Música, al que acudía de 5.00 p.m. a 7.00 p.m.
Adicionalmente, cada día, casi por obsesión, pasaba el poco tiempo que le quedaba libre pegado a un piano; rondaba sus 15 años y estaba muy lejos de perderse con un televisor.
A simple vista era un chico normal, centrado, a quien le decían en el colegio “el tecladista”, y quien sabía que siendo de familia humilde le sería difícil vivir de la música.
El joven se decide finalmente por la electromecánica y a la par, como siempre, estudiaba el piano. Podía parecer segunda opción, pero no era así, para él primero era el piano, pero había que ser realista.
Hasta que un cambio ocurrió. Un buscatalento norteamericano lo pescó cuando practicaba en el Teatro Nacional, tenía 19 años, cursaba un segundo año de Ingeniería y era considerado ya músico. Era el momento de dejar su doble vida. Años después, nos dice cómo cambiaron sus días.
¿Qué te ofreció este buscatalentos?
Una beca. Fui a Minnessota a estudiar por cuatro años, con el hombre que entonces me vio en el teatro, el maestro Daniel Rieppel. Al principio fue difícil por el inglés, pero las 7 a 8 horas de prácticas diarias que tenía, más las que hacía en el dormitorio, no me daban tiempo para incomodarme.
¿Qué hiciste después?
Yo quería enseñar música a adultos, entonces, necesitaba una maestría para poder ser profesor. Audicioné y me gané otra beca con todo pago.
Al terminar mi maestría, ya tocaba internacionalmente, pero quería comenzar mi carrera como maestro. Entonces, entré a trabajar en una universidad de Texas, como profesor y encargado de crear nuevos programas de música.
Actualmente, soy el director del Departamento de Música y el artista residente.
¿Por qué enseñar?
Porque pensé, en el primer momento en que abrí las puertas del Conservatorio y escuché a mi maestro tocando, que quería ser como él. Ahora que lo soy, pienso que puedo motivar a otras personas para que sean músicos también, y cambien la mentalidad de la gente.
¿Alguna vez pensaste que podrías morirte de hambre como músico?
Nunca me lo pregunté porque estaba muy ocupado practicando.
Yo pienso que la música es una profesión igual a cualquier otra, es difícil conseguir trabajo, hay plazas abiertas y mucha competencia, pero sí se puede.
Creo que si te llamas músico y te estás muriendo de hambre eres poco inteligente, porque siempre hay eventos y puedes tocar. Si no lo haces, no te andes quejando.
¿Qué concierto recuerdas con más cariño?
El que hice hace dos años en Panamá con la Orquesta Sinfónica Nacional, el violinista Luis Casal e Isaac Casal como chelista.
¿Por qué lo recuerdas con más cariño?
Porque era la primera vez que estaba en casa tocando con panameños.
¿Tienes algún recuerdo triste con la música?
No. La gente pensará que estoy todo el día en el piano, y que podría hacer otra cosa, pero a mí me encanta la música.