Eran pasadas las 7:00 de la noche y decenas de personas desfilaban entre caballetes cargados con magníficas obras. Muchos buscaban la pieza perfecta, la faltante de su colección y otros en cambio, aquella con qué iniciar un nuevo placer: “el coleccionar”.
Es que el comprar cuadros, esculturas y hasta instalaciones es un deleite creciente en Panamá. Los artistas lo dicen y eventos como la XII Subasta de Arte del Patronato Nacional de Nutrición lo confirma.
La prueba de esto, es que las 85 obras de reconocidos artistas como Eduardo Navarro, Mayo Hassán y Luis Olaciregui, entre otros, fueron vendidas sin problemas, una tras otra en la mencionada subasta.
Entre los asistentes hacían esfuerzos por no chocarse observando óleos, acrílicos, técnicas mixtas y esculturas. Todos estaban apurados por ver lo que había, pues a las 8.30 p.m iniciaba la “puja y repuja” por las piezas.
Los posibles compradores eran provistos de una paleta numerada, que levantarían para ofertar cada vez que deseaban hacerse de una creación.
Para unos era cuestión de costumbre, algunos compradores eran asiduos de la actividad, empresarios más que todo, según algunos conocedores del evento.
Otros interesados en las piezas eran novatos de la “puja y re puja” y por cuestión de nervios optaban por la Subasta Silenciosa.
En esta Subasta Silenciosa las tarjetas de crédito iban de un lado a otro del salón, de la mano del personal del Patronato, quienes cerraban las ventas. Para todos era cuestión de tiempo, las obras se estaban acabando.
Pasaban las horas y los pasillos se iban llenando de cuadros forrados con papel manila, mientras la gente se miraba entre sí con una insatisfecha curiosidad de ver qué compró el de al lado.
Cercana a la media noche todo fue subastado, piezas desde 75 dólares a miles. Muchas, al menos al doble de su precio. Sin embargo, dentro de los artistas brotaba otra realidad.
Los creativos
Con experiencia, José María Olivella gozaba de cada minuto que pasó, para él, era su tercera participación en una subasta del patronato. De pie, reía viendo el combate fijo de ofertas por las piezas.
Su intención en el evento era “dar energía a los demás pintores” contó, y logró hacerlo contagiando su ánimo a sus colegas.
Con sencillez Carlos Arboleda observaba. Su presencia en la actividad es también de peso, no recuerda en cuántas versiones de la subasta ha participado, pero asegura que han sido varias. Esa tranquilidad no se daba entre los presentes que ansiosos esperaban el turno de su cuadro.
En el otro extremo, un experimentado pintor de la etnia kuna, Lucio López Kansuet, esperaba el paso al escenario de su obra, sin saber que del otro lado, ya varios la tenían en la mira.