Variedades

Cuando un artista se confiesa


Cual filosas navajas, sus propias palabras, esa exteriorización de pensamientos, angustias, sensaciones, temores, aprehensiones, vacíos, añoranzas, sueños abortados...laceraban.

Unas ideas ahogaban a las otras. Casi ni le daban tiempo de correr en tropel por la mente del pintor cuya alma navegaba por mares tempestuosos.

 

Había que estar en su pellejo para entenderlo. A Mark Rothko (magistralmente interpretado porLeo Wiznitzer) dirigido por un maestro de las artes escénicas, Bruce Quinn.

Por su parte Ken (al cual encarna Luigi Pezzottgi) no paraba de acosarlo con preguntas, porque no quería que ninguno de sus por qué se quedara huérfano de respuestas.

 

Y siempre ese temor que le robaba la calma al artista. Pero, ¿podría acaso él, padre de innumerables trazos negros y rojos, evitar la catástrofe?

Hay que ser artista veterano para entender de esas batallas. Hay que tener la valentía de enfrentar el lienzo virgen y producir esa metamorfosis. Y dar a luz. Así, vertiginosamente como lo hizo él. Aunque desde entonces no pudiera jamás volver a ser el mismo y tuviera acurrucados dentro uno y mil miedos. Uno en particular, que el negro del mural engullera al rojo.

 

Conquistar la paz era casi utópico para Mark Rothko.

No había tregua en el bombardeo de preguntas de Ken que exigían respuestas profundas. Y, he aquí que la experiencia, las lecciones aprendidas de la vida, con los años, la filosofía y el arte de la elocuencia son los recursos de que se vale el artista amedrentado, aparentemente tan dueño de sí y en verdad tan vulnerable, tan sensible, que protege como una loba a su hijo recién parido. Por temor al negro.

Todo es por temor al negro, aunque admita la coexistencia de los opuestos en el gran escenario de la vida.

 

En ese desesperado intento de escapar de los recuerdos que dispara como ametralladora en su mente el rojo, que como cicatrices lo han marcado, Mark Rothko descalifica ideas, combate estereotipos sobre cómo debe ser el artista, desempolva fragmentos de historias con olor a sangre, a sangre de rusos descuartizados por cosacos, habla de migración, de ansias de identidad, de arraigo y desarraigo, de miedos. De miedo “a la ausencia de luz”.

También de miedo al negro, “a la ausencia de rojo”.

Se niega a ser indulgente consigo. Rechaza la idea de que todo arte ha de ser un psicodrama.

Enuncia una aplastante realidad para muchos artistas: “Somos los grandes desconocidos”.

Protege a su creación: “Nadie es digno de contemplar tu arte...”

Aunque en “Red” (de John Logan) Rothko pregone a los cuatro vientos que “el arte tiene que defenderse a sí mismo” y que “estamos condenados a existir en un estado perpetuo de disonancia”, defiende a brazo partido al vulnerable hijo-arte, al que nadie más que el padre -artista debe ponerle el apellido-precio.

Por eso, por el apego a su creación, a fuerza de seguir extasiándose en la contemplación de su recién nacido arte, para poder salvarlo se lo arrebata a los burgueses del Hotel Four Seasons, aunque en el fondo, para sí, tenga que admitir que la suya, como artista, después de todo, es tan solo una pírrica victoria, porque “...pierdes la fe y esperanza y el negro se traga al rojo”.


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776787
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América