Desde hace 15 años, diferentes generaciones de jóvenes han logrado devolverle al pueblo de Natá de los Caballeros una parte de su identidad que muchos creyeron pérdida.
Ana María Arosemena, asesora de la Fundación Orquesta Juvenil de Natá de los Caballeros, recuerda de sus días de juventud la gran popularidad que tenía el violín entre la población de este histórico lugar, a tal punto de que, incluso, las serenatas en vez de ser interpretadas con guitarra se hacían con el más pequeño y agudo instrumento de la familia de cuerda clásico.
Es por esto, por lo que surge dicha fundación, inicialmente con el objetivo de conformar un grupo de violines, pero con el pasar del tiempo hubo la necesidad de incorporar otros instrumentos.
A pesar de que la música clásica en nuestro país no es la más escuchada, el violín forma parte fundamental de la vida de jóvenes, como Roy Martínez, quien desde los 13 años inició en este arte que tanto disfruta, "al principio no quería tocar violín. Mi madre fue el empuje que yo tuve para entonces convertirme en el violinista que soy ahora", explicó Roy, quien hoy tiene 24 años.
El concurso de violines Clímaco Batista es el anhelo de cada joven que ingresa a esta fundación y muchos de ellos se han visto victoriosos en las diferentes categorías del mismo. Este es el caso de Geraldine Cabrera, Miguel Bosso, así como de Roy.
"Eso además de enseñar la cultura, las tradiciones y el folclor también ayuda a que se desarrollen otras capacidades que de repente los padres no saben. Los ayuda en la disciplina y a desarrollar la inteligencia musical", expresó Geraldine.
Muchos de los jóvenes que conformaron las primeras generaciones de esta fundación hoy son universitarios con carreras culminadas o en proceso, esto es algo que llena de orgullo a los organizadores.
"Mis aspiraciones son llegar a ser un mejor violinista y no dejar morir nunca el folclor. A los jóvenes que están empezando los exhorto a que nunca dejen este maravilloso instrumento", manifestó Miguel.
Cuando los chicos ya son mayores de edad pasan a impartir clases a los otros más pequeños, transmitiendo aquella pasión por el violín y a la vez que continúan con esta tradición del pueblo natariego.