La hipocresía de una sociedad tiene que tener un límite. La posición de triple moral de las autoridades panameñas, acompañadas de los moralistas de turno, debiesen tener un fin. Debiesen tener una meta, un objetivo, algo real. Un rumbo trazado de antemano y con reglas para todos. Un derrotero que no sea la realidad que el país vive, no la hipocresía que estamos acostumbrados a crearnos en nuestro entorno. Nuestra sociedad miente, miente y vuelve a mentir. La mentira se ha vuelto parte de nuestro diario vivir. La ilusión de lo verdadero ha reemplazado la pureza de la verdad. Le es más fácil a un legislador decir una mentira que la verdad. La verdad comienza a heder en todos los estratos de nuestra Patria. Le es más fácil a un esposo ocultar a su amante, que ser un hombre cristalino y decirle al mundo que ama y desea simultáneamente a dos mujeres.
Ocultamos la verdad de una sociedad que tiene más comerciales de alcohol y tabaco que ninguna otra en el planeta, y sin embargo celebramos el día del no fumar, y nos atrevemos a dudar del poder de la maquinaria etílica, que bombardea con alcohol cada segundo a nuestra sociedad juvenil... Nuestros hijos son consumidos por una violencia nunca vista y nadie se atreve a ponerle un dedo encima a los criminales que juegan con la vida de nuestras familias. Jueces que dan los permisos instituciones estatales, que mienten en sus intenciones y en lo que realmente pretenden hacer.
Vivimos en medio de una sociedad que ama la mentira, y resiente la verdad. Una sociedad que tiene terror de descubrir la verdad que yace en los oscuros armarios de sus mentes retorcidas. Una sociedad aletargada por el vicio de la mentira...
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