Derramó su dolor, porque no cabían en ella la desesperación, soledad, anhelos insatisfechos, nostalgia, autoestima baja, inseguridad.
Gritó a los cuatro vientos. Entre lágrimas y risas contó su verdad. Qué más daba.
En esa hora del dolor no importaba si no creían en ella. No importaba si no halló un mentor. No importaba si no abrigaba esperanzas de que su sino sería muy distinto. No importaba si llegó hasta a blasfemar y creer que Dios le había dado la espalda. No importaba. Ya no. Ya no importaba nada.
No importaba nada. Nada. Nada más su hambre de oportunidad. Su deseo de que alguien apostara por ella. Y lo gritó. Fue casi un aullido de dolor.
“No soy una ameba. Soy un ser humano que necesita brillar”.
La mitomanía se adueñó de ella. Como quien se ensaña consigo revivió momentos dolorosos. Casi hurgaba en la herida.
Parecía una niña desvalida. Parecía una niña desvalida que necesitaba desesperadamente un abrazo, un beso, una mano amiga, un gesto de aprobación, una palmada, una esperanza.
Desde niña había soñado con ser actriz. Y simulaba que estaba en el escenario. Y alimentaba su sueño. Se lo asesinaron. Se lo asesinaron con saña. Siempre la vieron como plato de segunda mano. Siempre hizo de extra. Siempre le dieron papeles secundarios, con todo y que casi era una experta en protagonizar el monólogo “La voz humana”, pieza teatral de Jean Cocteau. Pero, entre trago y trago trataba de matar las penas. Lloraba, se reía, era sarcástica, era dura consigo, era dura con los productores, era dura como su director con ella, era dura como la vida que la tenía arrinconada, agazapada, con los sueños vuelto añicos. Era dura hasta hacer el ridículo, hasta reírse de sí misma, como la vida y los demás se habían reído de ella a carcajadas. Después de todo, estaba convencida de que hacer el ridículo es una constante en la vida humana. Aceptémoslo o no.
Ella, tras racionalizar, una y otra vez, aceptó que se colgó de la esperanza, como a una tabla de salvación, que se aferró a las supersticiones, que ahogó sus penas en el licor para matar ese resentimiento social que la carcomía porque su estrella parecía inalcanzable. Pero ¡las condenadas saben nadar!