En primer año de secundaria se matriculó en un instituto. Cuando se acercaron las fechas de los exámenes de ingreso se propuso empezar a estudiar. Procuró dedicar un día de estudio a cada asignatura. El sistema funcionó.
Lo mismo hizo en segundo año, pero esta vez le quedaron dos materias sin aprobar.
En tercer año, y teniendo en cuenta el curso anterior, se tomó "en serio" los estudios. ¡Hay que estudiar más! -se dijo-. Y, el "estudiar más" se tradujo en preparar los exámenes con dos días de antelación. Además de estudiar toda la tarde, la víspera del examen se levantaba a las seis de la mañana para repasar. A pesar de todo el esfuerzo, los resultados no fueron los mejores.
Su madre estaba muy preocupada. Su hijo siempre había ido aprobando y ahora reprobaba nada más y nada menos que siete asignaturas. Además, su hijo -pensaba ella- ha estudiado bien las asignaturas. ¡Esto es inexplicable! -se decía-. Carlos estaba muy desanimado. Quería abandonar los estudios. "¡No valgo!", "¡Es muy difícil todo!" "¡Me mato estudiando y nada!"
¿Cuál era el problema? La falta de hábito de estudio, principalmente. Carlos estaba acostumbrado a "ir tirando". Aprobaba estudiando durante los días previos a la evaluación. Tenía la impresión de que se esforzaba al máximo. Esto le llevó al desánimo, a pensar que no valía la pena estudiar. Como no se sentía capaz, estudió con desgano.
La consecuencia fue que tuvo que repetir curso. En el curso siguiente mejoró algo. Pasó a cuarto año con otras dos asignaturas fracasadas. Se había confiado. Pensó que aprobaría sin problemas, porque le "sonaba" todo.
Los resultados escolares no dependen exclusivamente de las capacidades, sino más bien del estudio constante y ordenado, explica Eduardo Espino, psiquiatra. Como consecuencia de su historia escolar no pudo obtener el ansiado título de Graduado en Educación Secundaria. El camino a partir de este momento será más difícil que el anterior.
Este caso no es único. Como Carlos, otros estudiantes, abandonan el sistema educativo sin pena ni gloria, a pesar de tener una capacidad suficiente.
El proceso puede resumirse desde el punto de vista del hijo o de la hija en:
No estudio hasta la víspera o dos días antes del examen.
Me doy el "atracón" y duermo "poco".
Llego al examen "cansado" o "cansada". La cabeza no me funciona (no se piensa por falta de sueño) Hacen preguntas que no sé.
Suspendo.
Me desanimo.
Pienso que no sirvo para estudiar. No confío en mis capacidades. Seguro que sigo suspendiendo haga lo que haga.
Mis padres no me conocen. No puedo aprobar.
En definitiva, se cumple a la letra lo que me comentó un compañero: "Lo difícil no es enseñar al que no sabe, sino al que no quiere".
No te desanimes, aquí te ofrecemos algunos datos que te ayudarán a estudiar mejor y a obtener buenas calificaciones.
El fracaso escolar ha sido y sigue siendo uno de los temas "estrella" de la educación. Se han realizado muchos estudios y se han publicado infinidad de trabajos explicando el fenómeno y dando pautas para su solución. La cuestión es compleja y no admite sólo una explicación - la falta de hábitos como en el caso de Carlos-. Además, cada hijo es diferente y sus circunstancias también. Sin embargo, los principales factores que influyen son:
La falta de hábitos de estudio unida a una mayor dificultad para realizar lo que cuesta esfuerzo, especialmente en la adolescencia.
Dificultades de comprensión lectora y bajo nivel léxico.
Problemas de atención y concentración.
Baja autoestima académica.
No saber organizarse a la hora de estudiar o de hacer las tareas.
Capacidad intelectual y fracaso.
Con frecuencia, los padres y tutores recurren al Departamento de Orientación para que se les diga si su hijo o su alumno tiene algún problema cognitivo que le dificulte el poder aprobar las asignaturas. Su pretensión es conocer si los bajos resultados escolares son debidos a una escasa capacidad intelectual. Si el chico tiene una inteligencia dentro de la media, podrán decirle que no tiene disculpa para mejorar sus calificaciones.
La experiencia me va demostrando que salen adelante los alumnos o las alumnas que se esfuerzan, que trabajan.
Por tanto, los resultados escolares no dependen exclusivamente de las capacidades, sino más bien del estudio constante y ordenado. En consecuencia, lo que los hijos necesitan es que se les ayude a adquirir hábitos de estudio de una forma progresiva.
Se empieza por veinte minutos de estudio y se va aumentando poco a poco el tiempo hasta poder dedicar el tiempo necesario para cada asignatura. Además, habrá que hacerles ver que se debe estudiar todos los días, aunque no haya examen. Así, poco a poco, llegarán a obtener las metas académicas que se propongan.